La oficina de Finn, un ático acristalado que dominaba el distrito financiero con la soberbia de un trono, se había transformado en un páramo de silencio.
Las pantallas de la terminal Bloomberg parpadeaban con gráficos en verde y rojo que indicaban que sus inversiones independientes seguían batiendo récords, pero para Finn, los números habían perdido su lenguaje.
El éxito, cuando no se tiene con quién compartir el peso de la victoria, no es más que un eco ruidoso en una habitación vacía.
Finn pa