El día se abrió con un cielo de yeso. La planicie parecía otra tras el cierre: el aire aún olía a polvo, pero ya no llevaba ese filo de vacío que acostumbraba a cortar detrás de los ojos. Kal dio la orden de partida con una seña simple; nadie necesitó palabras. La columna se desplegó en formación de marcha: heridos al centro y los centinelas alados —Naer y los suyos— avanzando a baja altura, velando el horizonte con vuelos cortos.
El mapa era la memoria: hacia el este, Thalen. Allí podrían repo