Mundo ficciónIniciar sesiónELETTRA MANCUSO
ROMA- ITALIA 10:30a.m La careta comenzaba a sofocarme, mi respiración empieza acelerarse, siento las gotas de sudor en la cara, observó a través de la malla metálica a mi oponente. Giuseppe Bianchi, mi instructor de Esgrima. Aprieto la empuñadura del sable fuertemente, me pongo en guardia; con gran agilidad y reflejos ataco sin piedad, él bloquea cada movimiento con elegancia, no hay manera de ganarle; entonces sucedió, un toque seco y certero justo en mi frente con la punta del sable; había perdido. Me deshago de la careta revelando mi cara agotada; mis rasgos físicos y delicados delatan mi herencia italiana, piel blanca sin imperfecciones, cabello lacio castaño claro hasta los hombros, no pasaba de los 22 años; mis ojos azules observan a Giuseppe quitarse su careta, él sonríe victorioso. — Elettra, cada día eres más precisa — dijo él, acortando la distancia para ofrecerme la mano con respeto profesional. — Es el resultado de tener al mejor instructor, Giuseppe — respondí, aceptando el apretón con firmeza. — Grazie, cara. Se mi scusi, tengo que marcharme. ¡Ciao! — Me dedicó una última sonrisa antes de desaparecer por el pasillo. Caminé hacia los vestidores, me cambié con rapidez y salí del lugar cargando mis cosas. Al bajar el último escalón de la entrada, lo vi. Ahí estaba él, a sus 30 años lucía tan impecable: el cabello castaño perfectamente peinado y una barba recortada con precisión que enmarcaba sus facciones. Su traje de diseñador y las gafas oscuras hacían juego con el brillo del lujoso auto negro tras él. Permanecía apoyado contra la carrocería, con los brazos cruzados y esa postura de alerta constante que lo caracterizaba. Al notar mi mirada, su seriedad se rompió en una sonrisa. — Ciao, bellissima — saludó él, acortando la distancia con pasos lentos y elegantes. Se inclinó para depositar un beso suave en mi mejilla izquierda. — ¡Alessandro! — exclamé, imitando su gesto, aunque yo busqué su mejilla derecha. El aroma de su perfume caro me invadió por un instante. — Tu padre me ha enviado por ti; es hora de que regreses ¡Andiamo! — Soltó de golpe rompiendo el encanto del encuentro — Mi rostro al instante se transformó en indiferencia acompañado de un poco de rabia, pero no tuve más opción que aceptar ir con Alessandro, no podía escapar de mi padre, nadie lo hacía, así que simplemente asenti y subí al auto sin protestar. — ¿Cómo van los negocios? — Pregunté para romper el silencio — Ya se había quitado las gafas oscuras. Sus ojos azules se encontraron con los míos a través del retrovisor, fríos e inescrutables. — Todo bajo control — respondió con una calma que me irritó. — ¿Y entonces por qué mi padre te envió por mí? — solté, endureciendo el gesto. — No lo sé — replicó él, sin desviar la vista del frente, conduciendo hacia el aeropuerto. — Mentira. Eres su mano derecha, Alessandro; no cae una hoja en Calabria sin que tú lo sepas — mascullé, dejando que la rabia dominara mi voz. — Elettra, esta vez no lo sé — Sentencio él, y condujo en silencio. Mire a través de la ventanilla, insatisfecha por su respuesta, hasta que visualice que ya estábamos llegando al aeropuerto. El avión privado nos aguardaba sobre la pista. Al bajar del auto, los guardaespaldas de Alessandro me recibieron con una cortesía impecable. Una vez a bordo, me acomodé en uno de los amplios sillones de cuero; la azafata, atenta a cada detalle, se aseguró de que no me faltara nada y me ofreció una copa de vino. — ¡Grazie! — agradecí antes de que se retirara en silencio. — Llegaremos en una hora — anunció Alessandro mientras se acomodaba frente a mí, asistido por la azafata. Sin más que decir el avión inicio el ascenso y en pocos minutos estábamos por las nubes, me asome a la ventanilla para dedicarle una última mirada a Roma, la ciudad que me acogio por un año y medio. Durante el vuelo mantuve el ceño fruncido, atormentada por el silencio de Alessandro; necesitaba respuestas y él no me habia dado ninguna. ¿Por qué mi padre me llamaba después de tanto tiempo? ¿Acaso se había olvidado de mi fracaso aquella vez? ¿Seria éste el momento de hacer las paces?. Las dudas y curiosidad, crecian dentro de mi y empezaban a fastidiarme; mi padre jamás me había hechado, pero yo decidi que separarme de la familia era lo mejor. Tenía el orgullo herido después de lo que pasó aquella vez. Sin embargo llevaba la sangre de un "Mancuso" No podía esconderme para siempre. AEROPUERTO DE CALABRIA 11:50a.m Una hora después, llegamos a nuestro destino, el avión aterrizó. — ¡Andiamo, Elettra! — Exclamó Alessandro, preparándose para salir. Caminé trás él en silencio. En cuanto se abrió la puerta, él salió a prisa; baje las escaleras con calma, deteniendome a observar el lugar, respire ondo el aire de Calabria. — ¡Benvenuta! Elettra — hablé resignada. Mis pies finalmente pisaban la tierra de Calabria, cuna del linaje Mancuso. Situada en la punta de la bota italiana, la región nos recibía con su aire mediterráneo mientras poníamos rumbo a la provincia de Vibo Valentia, en el corazón de la costa sur. Avanzábamos en un Mercedes silencioso, escoltados por un auto al frente y uno atrás. Alessandro sostenía el volante en silencio hasta que, de pronto, la silueta apareció tras de la ventanilla; sobre un risco escarpado se alzaba la mansión de los Mancuso, tan imponente que parecía dominar todo el paisaje. VIBO-VALENTIA 4:30p.m — Benvenuta — murmuró un guardaespaldas, extendiéndome la mano para ayudarme a descender del vehículo. Caminé hacia el interior escoltada por Alessandro. Mientras avanzábamos hacia el estudio de mi padre, los recuerdos golpeaban mi mente: yo, corriendo de niña por estos pasillos; mi madre, siempre apareciendo por sorpresa con una sonrisa que iluminaba hasta el rincón más oscuro. Ahora, la mansión no era más que un mausoleo de mármol, una estructura fría y gris que parecía haber muerto junto con ella. Nos detuvimos frente a la pesada puerta de roble del estudio. Alessandro golpeó suavemente con los nudillos y, tras un breve silencio, entramos. Allí estaba él. Sentado tras su escritorio como un ídolo de piedra, con la mirada clavada en la nada a través de unos ojos azules tan fríos que parecían cristalizados. El tiempo no había sido amable, pero sí respetuoso; sus cabellos blancos se peinaban hacia atrás con rigor y las arrugas marcaban su rostro como cicatrices de mil guerras invisibles. Su expresión, tétrica y desprovista de cualquier rastro de calidez, imponía un miedo aterrador. Era Luigi Mancuso, el hombre al que el mundo llamaba "Il Supremo". De fondo, el viejo tocadiscos dejaba escapar la voz áspera de Gabriella Ferri cantando Canto di Malavita, llenando el aire con una melancolía criminal. So' stato carcerato pe 'n capriccio Perché portavo in berta 'n cortellaccio Scontrai la corte e me pio' de piccio "Sta fermo e fermo là, fermo cravaccio!" E mo sto dentro, comme te posso ama'? E mo sto dentro, comme te posso ama'? E mo sto dentro, comme te posso ama'? E mo sto dentro, comme te posso ama'? E mo sto dentro, comme te posso ama'? — Figlia mia — su voz, una vibración profunda y rasposa que parecía surgir del mismo suelo de Calabria. Se puso en pie caminando hacia mí, como si cada movimiento fuera una concesión de su poder. Al rodearme con sus brazos, sentí el aroma de su tabaco y el frío del anillo de sello contra mi espalda. Era un abrazo firme, protector, el abrazo de un hombre que no sabe querer sin dominar. Lo estreché con la misma intensidad, buscando en el hombre de acero algún rastro del padre que recordaba. — Sono qui, padre — respondí en un susurro contra su mejilla, depositando un beso. Él me devolvió el gesto, un beso en cada mejilla, sellando mi regreso. Al separarse, sus manos permanecieron un segundo de más sobre mis hombros, pesadas como el plomo, mientras sus ojos azules me escaneaban buscando cualquier rastro de debilidad. Soltó mis hombros y después repitió la misma acción con Alessandro. Luego caminó hacia el decantador de cristal sobre su escritorio. El sonido del vino cayendo en la copa fue lo único que interrumpió el rugido del tocadiscos. Alessandro se posicionó al lado derecho de él para escucharlo todo en silencio. — Siéntate, piccola — dijo sin mirarme, extendiendo una copa hacia mí — El mundo cree que somos simples criminales, pero la 'Ndrangheta no es una banda. — ¿Por qué de pronto dices eso? — Pregunté sin entender hacia donde quería llegar. Se sentó de nuevo, entrelazando sus dedos largos y pálidos sobre el escritorio. — Todo empezó en las sombras de la historia — Prosiguió, y su voz bajó de tono, volviéndose más oscura — Sabes que descendemos de tres caballeros españoles: Osso, Mastrosso y Carcagnosso. Tres hermanos que, para vengar el honor de su hermana, tuvieron que huir de su tierra y refugiarse en esta Calabria de piedra y silencio. Hizo una pausa, sus ojos azules brillaron bajo la luz de la lámpara — Ellos fundaron las tres sociedades: Cosa nostra en Sicilia, Camorra en Nápoles y nosotros la 'Ndrangheta en estas montañas. Pero nosotros somos diferentes. Mientras los demás se dejaban cegar por el brillo del dinero rápido, nosotros nos hundimos en la tierra. No nacimos del caos, sino de la necesidad de justicia en un mundo que no nos daba ninguna. Él se inclinó hacia adelante, y las arrugas de su rostro se profundizaron. — Nuestra fuerza no está en las balas, sino en la sangre. Las familias de otros clanes se traicionan entre sí por un puñado de billetes. Pero en la 'Ndrangheta, el traidor no solo traiciona a un jefe; traiciona a su propio padre, a su hermano, a su propia sangre. Por eso somos la organización más impenetrable del mundo. Nadie habla, porque nadie quiere ver morir a su sangre. Señaló con un gesto seco el tocadiscos. — Esa música que escuchas, es el lamento de hombres que eligieron la cárcel o la muerte antes que la infamia. Yo soy "Il Supremo" no porque tenga más dinero, sino porque guardo los secretos que mantienen viva esa llama. Y ahora que has vuelto, esa llama también te pertenece. La atmósfera en el estudio se volvió densa, el aire parecía pesar más tras la revelación histórica. Mi padre dejó su copa sobre el escritorio con un golpe seco, un sonido definitivo que marcó el fin de la nostalgia y el inicio de la realidad. — Pero la historia no se mantiene viva solo con recuerdos, figlia mia — dijo, y su expresión se volvió aún más seria — Se mantiene con alianzas, pactos. El mundo se ha vuelto pequeño y Calabria ya no es suficiente para un imperio como el nuestro. Se puso de pie y caminó hacia la amplia ventana, dándome la espalda. — He pasado meses en conversaciones con el Este. Los Yamaguchi-gumi — pronunció el nombre con precisión. — ¿Los Yakuza? — Murmuré aún sin entender. — Los Yakuza comparten nuestros códigos; el honor, el tatuaje como sello de vida, el castigo a la traición. Ellos controlan los puertos del Pacífico, nosotros controlamos los de Europa. Juntos, seremos intocables. Se giró lentamente, fijando sus ojos azules en los míos, sin rastro de duda. — Para que esta unión sea de sangre y no solo de papel, el pacto debe sellarse según las antiguas leyes. No basta con un apretón de manos entre jefes. Tu papel en esta nueva era, la razón por la que te he llamado a mi lado... es que vas a contraer nupcias con el heredero del clan Yamaguchi-gumi. El silencio que siguió fue absoluto, solo interrumpido por el siseo del tocadiscos que llegaba al final del disco. — ¿Qué...qué acabas de decir? — pregunté incrédula. En ese instante, sentí como si me hubieran arrojado una granada; el estallido de sus palabras me dejó aturdida. — No me mires con sorpresa — continuó con una voz que no admitía réplica — No eres una pieza de ajedrez, eres la corona de esta familia. Expandirás nuestro nombre hasta donde sale el sol. Es un sacrificio de honor, el más alto que una "Mancuso" puede ofrecer. — Desde que madre murió, me enviaste a Londres porque no soportabas mirarme; porque soy su vivo retrato — dije, plantándome frente a él con determinación — Volví con un solo propósito: ser tu mano derecha, seguir con el negocio familiar. Sé que el tratado con la Cosa Nostra hace dos años fracasó por un error mío. Un maldito error que cargo cada día — añadí, desviando la mirada hacia Alessandro, sintiendo el peso de la culpa. — Ese error arrastró a tu primo Emanuele a una celda en la que fue asesinado, y le costó la vida a Pantaleone, mi querido hermano — reprochó él, manteniendo una postura tan fría — Pero el pasado es ceniza. Debemos mirar hacia el futuro, y ésta alianza con Japón, lo es — finalizó, bebiendo su vino con una calma que me resultó insultante. — ¡Así que solo soy una moneda de cambio para ti! — grité, la furia desbordándose por fin, tirando la copa de vino al suelo. El estruendo del puño de mi padre golpeando el escritorio, hizo vibrar las paredes. — ¡Eres mi heredera! — gritó, poniéndose en pie con una violencia contenida — ¡Eres una Mancuso, llevas mi sangre y, por lo tanto, tu vida me pertenece! No vuelvas a desafiarme, Elettra. El grito murió en las sombras del estudio. Él volvió a sentarse, recuperando esa máscara de piedra que lo hacía intocable. Ya todo estaba dicho; el decreto había sido dictado. En este mundo, la voluntad de "Il Supremo" era ley, y a mí solo me quedaba obedecer.






