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🌸Conto alla rovescia🌺

«—¡Elettra! ¡Elettraaa! ¿Dove sei, bambina?— Escuchaba la suave voz de mi madre llamándome mientras yo me ocultada tras las imponentes columnas de la mansión Mancuso. A lo lejos el ruido de las olas chocaban entre sí, mezclándose con el crujir de las hojas bajo mis pies. Me movía como una sombra entre los arbustos, conteniendo el aliento mientras espiaba sus pasos, hasta que unas manos me rodearon por la espalda.

Solté un grito que se convirtió en risa al instante.

—¡Mamma! —exclamé, dándome la vuelta para envolverla en un abrazo.

—Pequeña traviesa, no vuelvas a esconderte así —dijo ella, atrapando mi mirada. Lucia radiante, casi perfecta; su cabello castaño caía sobre su espalda y sus ojos azules desbordaban una vitalidad contagiosa. Me quedé hipnotizada por el pequeño lunar en su barbilla antes de que ella comenzara su "ataque" de besos.

—Mamma, ya basta — suplicaba yo entre carcajadas, intentando zafarme sin éxito.

— No puedo, parar te voy a comer a besos ¡Mia Bambina! — murmuraba ella, cubriéndome las mejillas de afecto.

— Giulia ¡Amore mio!, deja tranquila a la bambina — intervino una voz profunda a nuestras espaldas.

Era Luigi Mancuso. Al vernos, el rostro endurecido de mi padre se ablandó por un instante. Mamá se acercó a él con elegancia y lo recibió con un beso lleno de devoción.

—¡Benvenuto! Amore mio — susurró ella. Mi padre entonces fijó sus ojos en mí.

— ¡'O sole mio! — exclamó, alzándome en sus brazos con  facilidad.

— Benvenuto, papà — respondí dejando un beso en su mejilla.

—La mia piccolina... — murmuró él con orgullo.

— Ésta bambina crece demasiado rápido — añadió mi madre, acariciando mi cabello mientras yo seguía refugiada en los brazos de papá.

— Será una digna heredera — sentenció con una gran sonrisa.

El momento familiar se esfumó cuando un guardaespaldas irrumpió en el jardín, con el rostro pálido y el aliento entrecortado.

— Il Supremo, la omertà ha sido quebrantada por Pietro — soltó de golpe.

La calidez desapareció del rostro de mi padre, reemplazado por un semblante duro y una mirada fría. Rápidamente me bajó al suelo.

—¡Papà! ¿Qué es la omertà? — Pregunté, sintiendo una repentina curiosidad.

—Lo sabrás cuando crescas, bambina, ahora quédate con tu Mamma, tengo que arreglar unos asuntos — Él me acarició la cabeza por última vez, pero sus pensamientos ya estaban lejos. Se marchó sin mirar atrás.

Lo segui con la mirada hasta que desapareció. Gire la cabeza y allí estaba mi madre, una figura pálida, temblando con los ojos llorosos, y el vestido manchado de sangre —¿Mamma? — Cuestioné asustada mirando como  se alejaba de mi y caminaba hacia el risco — Mamma — la volvi a llamar y entonces se lanzó al precipicio  — Mis ojos se agrandaron y grité horrorizada...»

Abrí los ojos estaba en mi habitación, tan sólo era un recuerdo de mi infancia que se había transformado en pesadilla.

Me levante perezosa al baño y me duche, vestia algo casual, y el collar que mi madre me había regalado en mi cumpleaños número diez, colgaba de mi cuello con el peso de su muerte. Salí de la habitación hacia el comedor, sólo estaba Alessandro tomando el desayuno despreocupado.

— Buongiorno, Alessandro — Dije al entrar. Él tan impecable y perfecto como de costumbre; pareciera que nació para ser un modelo y no un mafioso, dejó su café a un lado y me respondió.

— Buongiorno, bella — Me senté frente a él. Una sirvienta apareció para servirme un capuccino  mientras yo partía un cornetto sin tener mucha hambre.

— ¿Dónde está? — pregunté, mirándolo fijamente.

​Alessandro no se inmutó. Sabía perfectamente por quién preguntaba.

— Negocios con la Camorra — dijo con calma.

—¿No deberías estar con él?— pregunté, antes de beber un sorbo de café.

​— No está solo. Vittorio lo acompaña — ​Me quedé callada. Si Vittorio estaba allí, mi padre estaba seguro. Después de Alessandro, no había nadie en quien mi padre confiara más que en él.

El desayuno transcurrió envuelto en silencio. Al terminar, Alessandro se puso en pie y me dedicó una sonrisa breve antes de dirigirse a la salida. Sabía que sus negocios no esperaban por nadie; él era un hombre que jamás se quedaba quieto.

— ¿Puedo ir contigo? — Solté antes de que se marchara.

​Él se detuvo y giró con elegancia. Tras un instante de escrutinio, inclinó la cabeza apenas unos milímetros, otorgándome su permiso silencioso. Abandoné el desayuno a medio terminar y corrí tras él.

Veinte minutos después, el Mercedes negro recorría las calles de Vibo Valentia. Ambos llevábamos gafas oscuras. Mientras el viento agitaba mi cabello, nos dirigíamos al puerto; yo inspeccionaba cada rincón del trayecto, dejando que los lugares despertaran mis recuerdos.

El auto se detuvo en el sector más alejado del puerto de Vibo Marina, una zona donde las cámaras de seguridad siempre parecen "sufrir averías" a la misma hora. El aire estaba cargado de humedad y el rugido de las grúas cercanas amortiguaba nuestras voces.

— Buongiorno signorina— Saludó el encargado.

​Hubo un destello de reconocimiento inmediato en sus ojos al ver quién era yo; la heredera de la 'Ndrangheta. Me limité a asentir con la cabeza y él se apresuró a abrirme la puerta, manteniendo la mirada baja. Luego saludo a Alessandro con un apretón de manos y una sonrisa.

​Frente a nosotros, un contenedor azul, desgastado por la salitre del Atlántico, descansaba sobre el asfalto. Dos hombres corpulentos forzaron el sello de acero con una cizalla. El sonido del metal rompiéndose fue como un disparo en el silencio del muelle.

​Alessandro se acercó sin perder la elegancia, sus zapatos de piel impecable pisaron el suelo aceitoso. Me hizo una seña para que me acercara. Al abrirse las pesadas puertas, un intenso olor a fruta madura; casi podrida inundó el ambiente; cajas y cajas de bananos importados de Colombia.

​Alessandro no se ensució las manos. Solo señaló una caja específica con un movimiento de su barbilla. Uno de sus hombres la bajó y, tras apartar la fruta, extrajo un ladrillo envuelto en plástico negro con un sello dorado; un escorpión.

​— La pureza de este envío pagará tres villas en la Costa Esmeralda — murmuró Alessandro, más para sí mismo que para mí.

​Sacó una navaja automática de su bolsillo, la hoja brilló un segundo antes de rasgar el plástico. Introdujo la punta, extrajo una mínima cantidad de polvo blanco y lo frotó entre sus dedos pulgar e índice, observando la textura con la precisión de un joyero. No necesitaba probarlo; el brillo nacarado de la sustancia le confirmó que los socios de Medellín habían cumplido.

​Me miró de reojo, con esa sonrisa que ahora me parecía más peligrosa que el arma que asomaba bajo su chaqueta.

​—Benvenuta a la cocina del mundo, bella. ¡Aquí es donde el polvo se convierte en oro! —exclamó él con una sonrisa voraz.

​Me quité las gafas de sol y observé la mercancía de cerca. El olor químico me golpeó los sentidos.

​—La fruta apestosa... me asquea. Vámonos ya —ordené con un tono frío.

​Él soltó una carcajada, divertido por mi desprecio.

—Esa es la Elettra que yo recordaba.

Alessandro se despidió lanzando órdenes secas y puso el Mercedes en marcha hacia algún restaurante exclusivo. Entramos en Da Zia Lina Trattoria Macelleria al promediar las doce; nos esperaba una mesa VIP con una vista privilegiada al mar. El servicio fue impecable. Tras un breve vistazo a la carta, pedí una Grigliata Mista di Pesce, mientras que él se decidió por el Carré di Agnello.

​En menos de veinte minutos, los platos llegaron escoltados por una botella de Barolo Riserva Monfortino de Giacomo Conterno. Comimos en un silencio breve, roto solo por el sonido del vino al caer en las copas.

​—¡Alessandro! —exclamé, soltando los cubiertos de golpe.

—¿Qué pasa, Elettra? —respondió él, arqueando ambas cejas con calma.

—Quiero la verdad, sin rodeos —Sentencié. Él asintió — Sabías lo del compromiso, ¿verdad?

—Sí —bufó, recostándose en la silla— Estuve presente en cada reunión con los Yamaguchi-gumi y acompañé a mi tío en el preciso instante en que se selló el pacto.

​—Jamás pensé que me convertirían en una pieza de un negocio de esta magnitud —admití indignada.

​—Si te soy sincero, Elettra, intenté persuadir a mi tío —respondió él, observando el rojo intenso del vino en su copa— Le propuse que fuera mi querida hermana Alessia, quien tomara tu lugar.

—¡Alessandro! — dije, tomando su mano. Él frunció el ceño, sorprendido por el contacto físico.

—¿Hay algo más? — Cuestionó, manteniendo la guardia alta.

—Perdóname —susurré, dejando que la culpa me invadiera. Él no necesitó explicaciones; sabía perfectamente que me refería a aquel error en el tratado con la Cosa Nostra— Cometí un fallo imperdonable y perdiste a dos familiares por mi culpa.

​Él guardó silencio, observándome con intensidad. Luego, tomó mis manos y depositó un beso en ellas.

—Mi querida prima —dijo con voz grave— somos mafiosos. Vivimos y morimos por el negocio. No pidas perdón; en este mundo el perdón no sirve de nada. Aprende de la falla y asegúrate de que no vuelva a ocurrir.

Asentí, permitiéndome un breve instante de vulnerabilidad. Pasamos la tarde recorriendo los negocios donde se distribuía nuestra mercancía; allí, los compradores nos trataban como a reyes. Y todo gracias al apellido Mancuso.

​Al caer la noche, regresamos a la mansión. Antes de retirarme, me desvié hacia el despacho de mi padre para comprobar si había vuelto, pero al empujar la puerta, solo encontré el silencio de una habitación vacía. Solté un suspiro y emprendí el camino a mi alcoba, pero me detuve en seco antes de doblar el pasillo. Apoyado contra el gran ventanal y con el mar oscuro de fondo, estaba él; Vittorio Mancuso, fumando en silencio.

​Dudé. Una parte de mí quería acercarse, la otra recordaba que Vittorio me odiaba con una intensidad casi palpable.

​—Si sigues mirándome así, pensaré que te gusto. Y eso sería asqueroso — Carraspeó con esa gruesa voz, girándose finalmente hacia mí.

​Había cambiado. A pesar de ser un año menor que yo, sus ojos azules cargaban con una frialdad aterradora, enmarcados por ojeras que delataban noches largas de trabajo sucio. Tenía el cabello rubio revuelto, ignorando por completo la elegancia impecable de su hermano Alessandro. Vittorio no fingía ser un caballero; él vestía su naturaleza criminal con orgullo. Era tan atractivo como su hermano, pero con una crudeza salvaje, libre de la barba y los modales refinados que caracterizaban al resto de la familia. Frío, calculador y sin escrúpulos, pero con una lealtad inquebrantable a la familia, sin duda alguna, era en esencia, el espécimen perfecto, el Mancuso más sanguinario; el arma más letal del clan.

​—¿Dónde está mi padre? —pregunté, forzando una voz carente de emociones.

Él no se molestó en hablar; se limitó a señalar la habitación con un gesto tranquilo. El aire entre nosotros se volvía irrespirable, así que me dispuse a marcharme, pero su voz me detuvo como un latigazo.

​—Congratulazioni, querida Elettra —soltó con una maldad evidente.

​Mis puños se apretaron ante su ironía y, al notar mi rabia, su sonrisa se ensanchó, cargada de malicia. Ignoré a Vittorio y busqué refugio en mi cuarto. Cerré la puerta de un golpe sordo y me desplomé en la cama. Fue entonces cuando el peso de la realidad me aplastó: la boda. ¿Cómo sería él? ¿Un viejo decrépito cubierto de tatuajes o alguien tan despiadado como Vittorio? Los Yakuza no eran hombres, eran máquinas de obediencia ciega; seres sin alma que ejecutaban órdenes sin pestañear. Ese era el terror que inspiraban al mundo, y ese era mi futuro.

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