🌸Giri🌺

El cielo nocturno bastante estrellado. ​El humo del incienso flotaba en el aire del dojo Yamaguchi, moviéndose entre las vigas de madera. Mi padre, el Kumicho Shinobu Tsukasa, permanecía sentado en posición seiza, con la espalda recta, en su habitual kimono negro. El jingasa en su cabeza proyectaba una sombra  sobre su rostro, el emblema del clan, "el mon dorado".

A su derecha, yo sentía el peso de mi propio linaje. Un mechón de pelo caía sobre mi ojo izquierdo, ocultando parte de mi visión, pero no necesitaba ambos ojos para sentir la determinación de Noboru. El iniciado estaba allí, frente a nosotros, con la piel aún virgen de tinta y una determinación en su mirada.

​El maestro de ceremonias colocó una pequeña mesa de madera lacada entre el Oyabun y el Kobun. Sobre ella, dos copas de cerámica blanca y una botella de sake.

El Kumicho rompió el silencio. Su voz, era como un estruendo que llenaba el dojo.

—Noboru — dijo mi padre, sin mover un solo músculo — El mundo exterior vive bajo leyes escritas en papel que el viento se lleva. Aquí, vivimos bajo el Giri, una ley escrita en los huesos.

Noboru inclinó la cabeza, manteniendo la mirada firme al subirla.

—Hai Tsukasa-sama. Mi vida es una cascarón vacío hasta que el clan decida llenarlo.

Mi padre se inclinó ligeramente hacia adelante. Su voz cortó el aire con la frialdad del Kumicho.

—Las palabras son baratas, Noboru. Muchos beben este sake buscando protección, pero pocos entienden que el cáliz es un contrato de muerte — Señaló la copa de cerámica sobre la mesa — Al beber esto, dejas de ser un hombre para convertirte en una extensión de mi mano. Si te pido que te abras el vientre, ¿Tu mano dudará o buscará el cuchillo?

Noboru no parpadeó. Su determinación podía observarse.

—Si mi sangre sirve para limpiar el camino de los Yamaguchi, mi mano no conocerá la duda, Tsukasa-sama.

El Kumicho asintió levemente.

—El sake une las almas —sentenció mi padre— pero el sacrificio purifica la intención.

Noboru entendió el código. Sin que nadie se lo ordenara, extendió su mano izquierda sobre el tatami. Y el silencio reino. Él sacó un pequeño tanto de su propio kimono.

—Por el honor del mon que visten — Susurró.

El sonido del hueso siendo seccionado fue seco, como una rama rompiéndose en invierno. Noboru ni siquiera gimió; solo una gota de sudor rodó por su frente mientras envolvía el extremo de su meñique en un pañuelo de seda blanca.

Me levanté lentamente. Recogí la ofrenda envuelta en seda y miré a Noboru a los ojos, reconociendo por fin al hombre detrás de la carne.

—Tu deuda de nacimiento ha sido pagada —le dije, entregándole la copa de sake con el 20% de la porción — Ahora, bebe. Bebe y renace como un lobo de los Yamaguchi.

El olor a sangre del sacrificio de Noboru aún flotaba en el aire cuando mi padre, hizo una señal con la mano. Las puertas correderas de papel shoji se abrieron, revelando a un hombre anciano de manos nudosas y mirada penetrante; el Horishi (maestro tatuador) del clan.

—Un hombre sin tinta es un libro en blanco que cualquiera puede quemar — dije, caminando alrededor de Noboru mientras éste permanecía arrodillado, ignorando el dolor punzante en su mano vendada — Pero un hombre marcado es una declaración de guerra.

Me detuve a su espalda. Sus hombros eran anchos, un lienzo perfecto para la brutalidad que vendría. Miré al maestro tatuador y luego a mi padre.

—Este hombre no gritó cuando el acero tocó su hueso. Su espíritu es como el agua profunda; parece tranquila, pero puede ahogar ejércitos — vociferé.

—Entonces, que lleve el Koryu —sentenció mi padre.

El maestro Horishi extendió un pergamino con el boceto. No era el típico dragón ascendente que busca el cielo. Era un Dragón descendiendo de las nubes, rodeado de flores de cerezo (sakura) que caían.

—El Dragón que baja —le expliqué a Noboru, bajando la voz — representa la protección de los de abajo. No busca la gloria personal, sino que desciende al mundo de los hombres para imponer el orden del clan. Las flores de cerezo son tu recordatorio, tu vida es hermosa, pero corta. Puedes caer en cualquier momento por el Giri.

Noboru bajó la cabeza en señal de respeto.

—Es un honor que no merezco, joven señor.

—No se trata de merecerlo — le corregí, colocando una mano sobre su hombro derecho — Se trata de soportarlo. El Irezumi se hace con la técnica tebori, a mano, pinchazo a pinchazo. Serán cientos de horas de agonía. Si flaqueas durante las sesiones, si tu cuerpo tiembla bajo la aguja del maestro, sabré que tu determinación en el ritual fue sólo una actuación.

Me acerqué a su oído, dejando que el mechón de pelo rozara su sien.

​—Cada gota de tinta que se hunda en tu piel te alejará de la humanidad — Sentencié, rompiendo el silencio de la sala — Mañana comienza tu transformación; dejarás de ser un hombre para convertirte en la sombra del Oyabun.

​A mi señal, todos se pusieron en pie, incluido Noburo. Se retiraron en un desfile de sombras y reverencias, dejándome a solas con mi padre.

​—Manejas a los hombres con la templanza de un verdadero líder — dijo él, con una chispa de orgullo en la mirada— Serás un sucesor digno, Musuko.

Realicé una reverencia perfecta.

​—Hai, Otōsan —respondí con firmeza.

El leve sonido de la puerta de shoji al deslizarse rompió el silencio. Tras el marco de madera apareció Kyoko. Se quedó allí un instante, como una sombra elegante que dominaba la entrada antes de dar un paso al frente.

Kyoko no era una mujer que pedía permiso para existir; su sola presencia reclamaba el espacio. ​Su belleza no era delicada, era destructible. Tenía una mirada afilada, de un negro profundo que parecía haber visto ya todos los secretos del clan, su cabello negro y corto hasta su mandíbula, la hacia lucir sanguinaria, y vestía un traje oscuro que se ajustaba a su figura atlética, recordándome que ella se había criado entre los mismos campos de entrenamientos que yo.

​Se inclinó con precisión, primero ante mi padre y luego ante mí, manteniendo la espalda recta y el mentón firme.

​—Oyabun — su voz era baja, serena, pero con ese tono de mando que solo poseen quienes saben que serán escuchados —Lamento interrumpir, pero Takeshi-senpai, tiene asuntos urgentes en el puerto que requieren su atención inmediata.

​Se enderezó y sus ojos se cruzaron con los míos por un instante. Había una chispa de complicidad oculta tras su semblante serio; nos conocíamos desde que éramos niños.

Mi padre dio su aprobación con un leve gesto de cabeza y salí del dojo con Kyoko a mi lado, sus pasos sincronizados con los míos como si fuéramos una sola sombra. Subimos a mi auto y encendi el motor rumbo hacia el puerto.

​—Es un gusto volver a verte, Kyoko — dije, mientras mis manos se aferraban al volante con fuerza.

​Ella no me miró. Se quedó observando cómo las luces de la ciudad se difuminaban en la ventanilla del copiloto, manteniendo una postura despreocupada.

​—Takeshi-senpai —soltó de golpe, con una voz que cortó el aire como un hilo de seda — ¿Es cierto que vas a casarte?

​Su pregunta quedó flotando dentro del auto. No había curiosidad en su tono, sino una urgencia contenida, la de alguien que necesitaba saber si el hombre con el que se crio estaba a punto de encadenarse a un pacto de clanes.

Mantuve la vista fija en la carretera, dejando que el rugido del motor llenara el vacío que dejó su pregunta. Mis manos no flaquearon sobre el volante; en este mundo, dudar es empezar a morir.

​—Sí — respondí. Mi voz sonó seria, despojada de cualquier rastro de duda — Es un contrato necesario, Kyoko.

Hice una pausa breve, pero mis ojos no buscaron los suyos. El puerto ya se divisaba al fondo, una mancha de luces amarillentas y contenedores oxidados.

—No digas nada más senpai — Susurró. No había reproche en sus palabras, solo la aceptación de quien conoce el peso que cargo sobre los hombros.

Bajamos del auto. Un grupo de hombres armados, nos esperaban rodeando los contenedores abiertos.

​—Intentaron sabotear el cargamento —explicó con voz tensa, señalando los sellos forzados — Un grupo de los Inagawa-kai huyó apenas llegamos. No buscaban robar, solo querían arruinar nuestra reputación con los clientes.

​Caminé entre las cajas, inspeccionando los daños mientras Kyoko se mantenía a mis espaldas, alerta a cualquier movimiento en las sombras de las grúas.

​—Aseguren el perímetro y dupliquen la guardia —ordené con frialdad— Si vuelven a acercarse, no quiero informes, quiero cabezas.

​La normalidad del puerto volvió. El sabotaje había fallado, pero la declaración de guerra estaba clara.

Después de la orden clara, conduje a casa. Entré a mi habitación, desaté el obi y dejé que el kimono de seda se deslizara por mis hombros hasta caer al suelo como una piel muerta.

​Frente al espejo, revelé el rastro de tinta que reclamaba mi cuerpo. Tenía, un dragón ascendente cuyas escamas de un negro profundo parecían vibrar bajo la tenue luz de la luna. Sus garras se hundían en mis omóplatos y su cuerpo serpenteaba por mi columna, envolviendo mis costados como si intentara asfixiarme para que solo quedara la bestia. Me dejé caer sobre la cama, mis pensamientos volaron hacia el "Pacto". No tenía un rostro que imaginar, solo un linaje que infundía respeto en todo el mundo. Mi futura esposa, la heredera de la 'Ndrangheta. Una mujer nacida en las montañas de Calabria, criada bajo el código de la omertà, tan letal y distante como yo.

​Me pregunté si ella también estaría mirando su techo está noche, aceptando que nuestras vidas se cruzarían no por amor, sino por una expansión comercial que uniría Japón con Italia en un pacto de sangre. Ella no era una persona; era una frontera, un nuevo territorio.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP