La carta había desaparecido. Durante tres días, la busqué en cada rincón de la mansión, revisando los pasillos, el vestíbulo, incluso la cocina. Pero no apareció, era como si nunca hubiera existido, como si mi mente la hubiera inventado para darme una razón para seguir adelante.
Pero sabía que era real. Había leído las palabras de Elisa con mis propios ojos: "Tú no eres quien crees ser." Y esa verdad, aunque fragmentada, era más real que cualquier mentira que hubiera vivido hasta entonces.
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