Mundo ficciónIniciar sesiónPOV DAMIÁN
La sospecha en los ojos de la señora Marta se me quedó clavada en la retina como una espina infectada. Después de que se marcharan de la casa parroquial, arrastrando a ese infeliz sabelotodo con ellos, el despacho se sintió más frío, más asfixiante.
La sola imagen de Carlos tocando la piel blanca de Elena, mirándola con derecho de propiedad o pretendiendo adueñarse de la sumisión que yo había esculpido a base de penitencias en la oscuridad, me provocaba un dolor violento y visceral en las entrañas. Un rugido de posesión pura que no lograba apagar con rezos ni con silencios.
Elena era mía. Cada gemido ahogado en los techos altos de San Judas, cada temblor de sus muslos sobre el mármol, cada gota de humedad que brotaba de su carne... todo llevaba mi firma.
Por primera vez desde que esta demencia comenzó, la contención de la que siempre me había jactado se pulverizó por completo. No iba a esperar a que la noche cayera, ni a que ella buscara el coro.
Crucé el patio trasero que conectaba la parroquia con la pequeña calle lateral donde se encontraba la humilde vivienda que Elena compartía con su tía anciana, quien a esa hora de la tarde siempre dormía la siesta de forma profunda.
La urgencia me quemaba bajo la sotana pesada; mis pasos eran rápidos, pesados, rompiendo la grava del camino con una furia contenida.
Llegué a la puerta trasera de su casa. No llamé. Empujé la hoja de madera, que afortunadamente estaba entornada para dejar correr el aire sofocante de finales de junio. El interior olía a lavanda y a madera vieja, pero mi olfato solo buscaba el rastro de su perfume limpio.
La encontré en la pequeña cocina, de espaldas, ordenando unas tazas de porcelana. Al escuchar el crujido de mis botas sobre las baldosas, se giró de golpe. Sus ojos avellana se abrieron con una mezcla de terror y sorpresa absoluta al ver mi imponente figura oscura invadiendo su espacio privado.
—¡Padre Damián...! —susurró en un hilo de voz, dejando caer un paño de cocina—. ¿Qué hace aquí? Si alguien lo ve...
Cerré la puerta de un manotazo a mis espaldas y avancé hacia ella con paso firme, implacable, acorralándola contra la mesada de madera antes de que pudiera dar un solo paso de retirada. Mis manos grandes se apoyaron a ambos lados de sus caderas, atrapándola por completo en mi sombra.
—Explícamelo, Elena —exigí, y mi voz de barítono sonó como un trueno ronco, cargado de un peligro que la hizo temblar al instante—. Explícame qué demonios significaba esa comedia en mi despacho. ¿Carlos? ¿Un noviazgo formalizado a mis espaldas? ¿Pretendes entregarle a un desconocido lo que me pertenece?
Elena tragó saliva con dificultad. El aire entre nuestros cuerpos se volvió denso, caliente. Sus manos temblorosas buscaron el apoyo de mi pecho, empujando levemente la tela basta de mi sotana, aunque sus dedos se enterraron de forma inconsciente en mis hombros musculosos.
—Usted no lo entiende... —sollocó, y vi las lágrimas de frustración empañar sus facciones delicadas—. La señora Marta... ella parece una anciana buena y devota, pero en este pueblo ella lo manipula todo. Mueve los hilos de todas las familias. Lleva semanas presionando a mi tía, diciéndole que Carlos es el partido perfecto para mí, que una organista huérfana no puede quedarse sola. Me obligó, Damián. Me acorraló tanto que no tuve más opción que aceptar ese noviazgo frente a ella para no levantar sospechas. Si me negaba, habría empezado a investigar por qué la niña buena de San Judas rechaza a un hombre tan culto.
Escuchar su confesión no aplacó la bestia en mi interior, pero transformó la furia en una necesidad violenta de marcar mi territorio. Mis ojos negros recorrieron su rostro acalorado, deteniéndose en sus labios carnosos y entreabiertos que me invitaban a pecar sin frenos.
—Me importa un demonio la señora Marta y sus hilos —susurré ruda y posesivamente, inclinándome para pegar mi boca a su oído, sintiendo cómo se le erizaba la piel del cuello largo y pálido—. No me importa Carlos, ni este maldito pueblo. Tú eres mía, Elena. Tu pureza me pertenece, tu sumisión me pertenece. Y no voy a permitir que nadie ponga una sola mano sobre lo que yo he reclamado. ¿Te queda claro?
Antes de que pudiera responder, capturé sus labios en un beso salvaje, hambriento y destructivo. Mi lengua invadió su boca con una brusquedad, reclamando cada rincón con una intensidad que la dejó sin aliento. Elena soltó un gemido ahogado contra mi boca, entregándose al instante, enredando sus manos en mi cabello corto mientras su cuerpo de reloj de arena se presionaba con desesperación contra mi anatomía erecta, que ya pulsaba con fuerza bajo los hábitos.
El deseo nos devoró en segundos. Con manos urgentes y venosas, comencé a desabotonar su blusa recatada, haciendo saltar los cierres hasta dejar sus hombros y sus pechos libres a la tenue luz de la cocina.
Ella, contagiada por mi prisa sucia, tiró de los botones de mi sotana, abriéndola por completo, permitiendo que mi pecho marcado y cubierto de vello oscuro se frotara contra la suavidad translúcida de su piel blanca. Nos desnudamos mutuamente en un vaivén caótico de ropa cayendo al suelo, hasta que quedamos completamente expuestos, dos pecadores despojados de facha y santidad.
La tomé por las caderas con una fuerza que dejaría marcas y la elevé, colocándola sobre la mesada de la cocina. Mis ojos devoraron su figura espectacular: el busto firme, la cintura estrecha y esas caderas anchas y redondeadas que se abrían para mí.
Me incliné sobre ella, atrapando uno de sus pechos con mi boca, chupando la piel con una fuerza que la hizo arquear la espalda. Mi lengua jugaba con su pezón rígido, succionándolo profundamente mientras escuchaba sus respiraciones aceleradas.
Deslicé mis manos grandes por sus muslos firmes, abriéndole las piernas de par en par. Me arrodillé en el suelo frente a ella, ignorando el dolor de las rodillas contra las baldosas. Hundí mi rostro directamente en el centro de su anatomía, que ya se encontraba empapada, resbaladiza y latiendo de pura anticipación.
Comencé a chupar su coño con una devoción carnal despiadada. Mi lengua trazaba círculos rápidos y profundos sobre su clítoris, saboreando sus fluidos explícitos, mientras mis dedos largos entraban y salían de su interior para estirarla al límite. Elena echó la cabeza hacia atrás, y un gemido agudo estuvo a punto de escapar de su garganta.
—Escúchame bien —le ordené desde abajo, deteniéndome un segundo, mirándola con ojos inyectados en sangre y la mandíbula rígida—. No debes hacer ruido, Elena. Tu tía duerme en la habitación de al lado y las ventanas están abiertas; cualquier vecina chismosa te puede escuchar. Si emites un solo grito, me detendré y te dejaré con las ganas nena.
Sus ojos avellana se dilataron por el pánico y la excitación salvaje de la prohibición. Con un movimiento rápido, se llevó ambas manos a la boca, tapándosela con fuerza, asintiendo con la cabeza.
Sonreí con arrogancia masculina y regresé a mi tortura. Volví a lamerla y chuparla con más fuerza, acelerando las caricias de mi lengua contra su carne hinchada. Verla retorcerse sobre la mesada, con los ojos llorosos por el placer retenido y los gemidos ahogados que morían contra la palma de sus manos, era el afrodisíaco más potente del mundo. Su vientre se contraía en espasmos violentos, acumulando una tensión insoportable debido a la falta de liberación sonora.
No dejé que se rompiera todavía. Me puse en pie de un solo tirón, con mis casi un metro noventa exudando poder. La tomé del cuerpo, obligándola a ponerse de costado sobre la madera de la mesada, flexionando una de sus piernas hacia su pecho y exponiendo su intimidad desde atrás de una manera perfecta y obscena.
Me posicioné detrás de ella, sujetando su cadera superior con mi mano grande, clavando mis dedos en su piel blanca. Mi hombría, enorme, gruesa y cargada de venas pulsantes, rozó su entrada húmeda. Sin previo aviso y con un golpe firme, me hundí en ella de una sola embestida brutal y profunda.
Un gemido prolongado y ahogado fue devorado por sus propias manos pegadas a su boca. El impacto de mi cuerpo musculoso contra sus glúteos redondeados sonó con una nitidez peligrosa en la pequeña cocina.
Comencé a follarla duro, con un ritmo rítmico, rápido y rico que nos hacía deslizar sobre la superficie pulida. Cada penetración la estiraba por completo, llevándola a un nivel de plenitud carnal que la hacía temblar de la cabeza a los pies.
—Así, pequeña... —le susurré al oído con mi barítono más ronco, mordiéndole el hombro con tosquedad—. Siente cómo te reclamo en tu propia casa. Eres mía, maldita sea. Mía.
Aceleré el ritmo, volviéndolo salvaje y explícito. El sonido de nuestros fluidos mezclándose y el compás denso de mi respiración llenaban la habitación.
Elena mantenía los ojos cerrados con fuerza, conteniendo las lágrimas, entregada por completo a la fuerza de mis embestidas que la golpeaban desde atrás con una precisión militar. La acumulación de placer fue devastadora para ambos; sentí las paredes de su interior contraerse con una violencia salvaje alrededor de mi miembro, el aviso inequívoco de que su clímax la estaba destruyendo en silencio.
No pude contenerme más. Di el último golpe, profundo, hundiéndome en ella hasta la raíz, y con un gruñido rudo que vibró en todo mi pecho, me corrí profundamente dentro de su cuerpo, llenándola con mi semen cálido en una descarga larga y posesiva que nos dejó a ambos jadeando, abrazados sobre la madera, sellando un monopolio del que ningún intruso nos podría separar.
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