La entrega de los anillos de promesa eterna.
Lo que Domenica no sabía, era que el CEO no permitía a nadie subirse a su coche, ella había sido la única persona a la que él le permitió subirse, además la dejo hacer lo que quisiera.
— Pidamos la cena, realmente muero de hambre, me gustaría comer un rico y jugoso bistec con verduras salteadas y salsa de piña.
Al magnate le gustó la forma en la que ella dejaba claro lo que quería, no era tímida y no era como esas mujeres que solo comían lechuga y tomates cherry para no engordar.
— Bien.