Katherine permaneció inmóvil frente a la pantalla.
El reflejo en el cristal del restaurante seguía ampliado.
Granulado.
Casi imposible de identificar.
Pero ella conocía aquel rostro.
Lo conocía muy bien.
Y precisamente por eso estaba asustada.
Porque, si estaba en lo cierto, aquello lo cambiaba todo.
Absolutamente todo.
Comprobó la hora.
Casi las siete de la tarde.
La mayoría de los empleados ya se había marchado.
Pero las luces del último piso seguían encendidas.
Gabriel todavía estaba en la e