— ¡Helena!
gritó Gabriel.
Pero ella ya estaba corriendo.
Su corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar sus propios pasos.
La vieja terraza apareció frente a ella.
La misma donde había pasado tardes enteras observando el atardecer.
La misma donde Sofia solía sentarse a pelar manzanas mientras contaba historias.
Ahora parecía diferente.
Incorrecta.
Aterradora.
La puerta principal se balanceaba lentamente con el viento.
Helena entró sin pensarlo.
— ¡Mamá!
Ninguna respuesta.
El silencio fue