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CAPÍTULO 4 — El mundo de Gabriel Valença

Helena no logró dormir.

No porque estuviera enamorada.

Ni siquiera conocía realmente a Gabriel Valença.

Pero no conseguía entender a aquel hombre.

Después de llegar al pequeño apartamento que compartía con Emma en Brooklyn, se duchó, se puso una camiseta holgada y se dejó caer sobre la cama.

Durante varios minutos intentó convencerse de que aquella cena era solo una conversación de trabajo.

Nada más.

Pero su curiosidad terminó venciendo.

Tomó el teléfono.

Escribió:

Gabriel Valença.

Los resultados aparecieron en cuestión de segundos.

Y comprendió que no estaba tratando simplemente con un hombre rico.

Estaba tratando con alguien que prácticamente formaba parte de la historia empresarial de Nueva York.

Reportajes.

Entrevistas.

Revistas.

Su nombre estaba en todas partes.

"Gabriel Valença expande sus negocios al mercado internacional."

"CEO transforma al Grupo Valença en una de las mayores empresas privadas de Estados Unidos."

"Conocido por sus decisiones precisas y una postura extremadamente exigente, Gabriel Valença rara vez se equivoca en sus elecciones."

Helena frunció el ceño.

Elecciones.

Aquella palabra llamó su atención.

Siguió leyendo.

Descubrió que Gabriel era conocido por contratar a pocas personas, pero siempre a las mejores.

No era un hombre que aceptara a cualquier profesional a su lado.

Evaluaba.

Observaba.

Ponía a prueba.

Y solo después tomaba una decisión.

Helena bloqueó la pantalla del teléfono.

—Entonces, ¿por qué yo?

Esa era la pregunta que no dejaba de rondar su mente.

No era una ejecutiva.

No tenía años de experiencia en grandes empresas.

Era una camarera intentando construir su propia vida.

Y aun así, uno de los hombres más poderosos de Nueva York se había detenido a observar su trabajo.

Nada de aquello tenía sentido.

A la mañana siguiente, Emma encontró a Helena preparando café.

—Pareces alguien que no durmió.

Helena la miró.

—No dormí mucho.

Emma sonrió.

—¿Gabriel Valença?

Helena puso los ojos en blanco.

—Necesitas dejar de pensar que todo gira alrededor de él.

—Y tú necesitas dejar de hablar de él cada vez que dices que no estás pensando en él.

Helena tomó su taza.

—Me ofreció un trabajo.

La expresión de Emma cambió inmediatamente.

—¿Trabajo?

—Una propuesta profesional.

—Helena, eso es enorme.

—O extraño.

Emma inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque hombres como él no suelen aparecer en la vida de personas como yo.

Emma se puso seria.

—Tal vez vio algo en ti que tú todavía no ves.

Helena guardó silencio.

Tal vez.

Pero aún no sabía si aquello era una oportunidad...

o un problema.

A las ocho de la noche, Helena entró al restaurante Aurelius.

Y de inmediato comprendió que aquel lugar pertenecía a otro mundo.

No era solo lujo.

Era influencia.

Las personas allí no hablaban únicamente de negocios.

Hablaban de decisiones.

Contratos.

Poder.

Respiró profundamente.

No permitiría que aquel ambiente la hiciera sentir inferior.

Cuando un empleado se acercó a ella:

—¿Señorita Parker?

Ella asintió.

—El señor Valença la está esperando.

Gabriel ya estaba sentado cuando ella llegó.

Pero esta vez Helena percibió algo diferente.

En el club era el hombre que observaba.

Allí era el hombre observado.

Todos en aquel restaurante sabían quién era.

Y aun así, él parecía completamente indiferente.

Gabriel se puso de pie.

—Viniste.

Helena tomó asiento.

—Dije que vendría.

—La mayoría de las personas cambia de opinión cuando descubre más cosas sobre mí.

Ella arqueó una ceja.

—¿Eso debería impresionarme?

Por primera vez, Gabriel sonrió.

—No.

—Perfecto.

La cena comenzó.

Pero antes de que pudieran hablar de la propuesta, una voz femenina los interrumpió.

—Gabriel.

Ambos levantaron la vista.

Una mujer alta, elegante y extremadamente segura de sí misma estaba de pie junto a la mesa.

Cabello rubio.

Vestido rojo.

Mirada calculadora.

No miró primero a Gabriel.

Miró a Helena.

Como si estuviera intentando descubrir quién era la mujer sentada frente a él.

—Vanessa.

La voz de Gabriel cambió ligeramente.

Helena lo notó.

Seguía siendo educado.

Pero había tensión.

—No sabía que estabas acompañado.

—Ahora lo sabes.

Vanessa sonrió.

Pero no había simpatía en aquella sonrisa.

—Interesante.

Volvió la mirada hacia Helena.

—¿Y tú eres?

Antes de que Helena pudiera responder, Gabriel habló.

—Una invitada.

La respuesta parecía simple.

Pero Helena notó algo.

Él no explicó nada.

No se justificó.

Y eso incomodó a Vanessa.

—Entiendo.

Pero su tono decía exactamente lo contrario.

Después de unos segundos, se alejó.

Sin embargo, antes de desaparecer, lanzó una última mirada hacia Helena.

Una mirada de advertencia.

Cuando volvió a quedarse sola con Gabriel, Helena preguntó:

—¿Siempre hace eso?

Gabriel tomó su copa.

—Vanessa hace muchas cosas.

—¿Es importante en tu vida?

Él tardó unos segundos en responder.

—Fue parte de ella.

Helena percibió la elección de sus palabras.

Fue.

Ya no es.

—Fueron cercanos.

Gabriel la miró.

—Lo fuimos.

Antes de que Helena pudiera preguntar algo más, él continuó:

—Pero hay cosas de mi pasado que todavía no conoces.

Ella permaneció en silencio.

Y en ese momento comprendió algo.

Gabriel Valença no era solo un hombre rico.

Era un hombre rodeado de historias que nadie contaba.

Y quizás era precisamente eso lo que lo hacía tan peligroso.

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