Helena intentó olvidar a Gabriel Valença.
Lo intentó.
Pero había algo en aquel hombre que permanecía en su mente.
No era el dinero.
Ya había conocido a muchos hombres ricos en Eclipse.
Hombres que entraban por la puerta convencidos de que el mundo entero debía inclinarse ante ellos.
Gabriel era diferente.
Y eso era precisamente lo que la inquietaba.
No había intentado impresionarla.
No había hecho promesas.
No había utilizado su nombre ni su influencia.
Simplemente observó.
Como si estuviera intentando descubrir quién era ella.
—Estás pensando en él otra vez.
Helena levantó la vista.
Sarah estaba apoyada en la barra, sosteniendo una bandeja.
—No lo estoy.
Sarah sonrió.
—Claro que sí.
—Es solo un cliente.
—Un cliente que se quedó mirándote durante casi una hora.
Helena volvió a ordenar las botellas.
—Tal vez estaba observando el ambiente.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Helena soltó una pequeña risa.
Pero no respondió.
Porque, en el fondo, sabía que había algo diferente en aquella noche.
Al otro lado de la ciudad, Gabriel Valença estaba en una reunión que normalmente captaría toda su atención.
Normalmente.
Pero aquella noche, su mente estaba en otro lugar.
—No escuchaste nada de lo que dije.
Marcus cerró una carpeta sobre la mesa.
Gabriel levantó la vista.
—Sí escuché.
—Mentira.
Su amigo cruzó los brazos.
—Estás pensando en ella.
Gabriel permaneció en silencio.
Lo cual ya era una respuesta.
Marcus soltó un suspiro.
—Esto es realmente extraño.
—¿Qué cosa?
—Tú.
Gabriel arqueó una ceja.
—Explícate.
—Llevas años diciendo que las personas son predecibles. Que todos tienen un precio. Que todos quieren algo.
Gabriel se puso serio.
—Y normalmente es así.
—Pero ella no quiso nada.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Porque era exactamente eso lo que inquietaba a Gabriel.
Helena Parker no había intentado obtener nada de él.
Ni atención.
Ni dinero.
Ni favores.
Simplemente hizo su trabajo.
Y enfrentó a un hombre poderoso sin pensarlo dos veces.
—Averigua más sobre ella.
Marcus sonrió.
—Lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Que ibas a pedirme eso.
La noche siguiente, Helena estaba nuevamente detrás de la barra de Eclipse.
La rutina parecía la misma.
Pero algo era diferente.
Podía sentirlo.
Como si estuviera esperando algo.
O a alguien.
Poco antes de terminar su turno, el gerente apareció.
—Helena.
Ella lo miró.
—¿Ocurre algo?
—Hay alguien esperándote.
Frunció el ceño.
—¿Quién?
Antes de que él pudiera responder, una voz conocida surgió detrás de ella.
—Yo.
Helena se giró.
Gabriel Valença estaba allí.
Sin el área VIP.
Sin guardaespaldas.
Sin parecer un hombre que necesitara demostrar quién era.
Solo un hombre de pie frente a ella.
—Usted otra vez.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Gabriel.
—Esperaba una bienvenida mejor.
—Nunca prometí una.
Gabriel estuvo a punto de sonreír.
Era exactamente la respuesta que esperaba.
—¿Puedo hablar contigo?
Helena cruzó los brazos.
—¿Sobre qué?
—Sobre trabajo.
Ella se sorprendió.
—¿Trabajo?
—Sí.
—¿Vino hasta aquí para hablar de trabajo conmigo?
—Así es.
Helena estudió su rostro.
Intentando descubrir si había alguna intención oculta.
—¿Por qué?
Gabriel respondió sin vacilar:
—Porque te vi resolver una situación que muchas personas con más experiencia no habrían podido manejar.
Helena se quedó en silencio.
Eso no era lo que esperaba.
No estaba hablando de su apariencia.
Ni intentando halagarla con palabras vacías.
Estaba hablando de lo que ella había hecho.
—Solo estaba haciendo mi trabajo.
—Exactamente.
La respuesta llegó de inmediato.
—Las personas competentes suelen decir eso.
Helena desvió la mirada.
No estaba acostumbrada a recibir ese tipo de reconocimiento.
—Todavía no entiendo qué quiere de mí.
Gabriel sacó una tarjeta de su bolsillo.
Pero no se la entregó de inmediato.
—Tengo una propuesta profesional.
Ella miró la tarjeta.
Luego volvió a mirarlo.
—¿Qué tipo de propuesta?
—Una que requiere a alguien con tus capacidades.
—¿Y por qué yo?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Porque no cambiaste tu comportamiento cuando descubriste quién estaba frente a ti.
Helena guardó silencio.
Aquella respuesta tenía más peso del que debería.
—Una cena.
Ella frunció el ceño.
—¿Una cena?
—Quiero explicarte la propuesta con calma.
—Eso suena como una entrevista de trabajo bastante extraña.
—Tal vez lo sea.
Estuvo a punto de sonreír.
A punto.
—¿Y si no acepto?
Gabriel se encogió de hombros.
—Entonces respetaré tu decisión.
Aquello llamó su atención.
Porque era la primera vez que decía algo que ella esperaba escuchar de un hombre como él.
No exigió.
No presionó.
No intentó comprar una respuesta.
Simplemente esperó.
Helena tomó la tarjeta.
Los dedos de ambos se rozaron por un instante.
Un contacto simple.
Pero suficiente para que los dos percibieran algo que ninguno quería admitir.
Había una atracción entre ellos.
—Mañana.
Gabriel la miró.
—¿Qué?
—La cena.
Una discreta sonrisa apareció en su rostro.
—A las ocho.
Se alejó.
Helena lo observó mientras desaparecía por la salida.
La tarjeta seguía entre sus dedos.
Y una pregunta comenzó a crecer en su mente.
¿Por qué un hombre como Gabriel Valença parecía necesitar tanto a alguien como ella?