Las palabras del hombre quedaron suspendidas en el aire, pesadas e inesperadas.
—¿Tu madre finalmente ha regresado a casa?
Durante unos segundos, nadie consiguió responder.
Helena permaneció inmóvil, sintiendo su propio corazón golpear con fuerza contra el pecho. El hombre frente a ella seguía mirándola como si estuviera delante de un fantasma.
Parecía conocerla.
O, al menos, conocía a alguien que se parecía mucho a ella.
Gabriel fue el primero en recuperar la voz.
—¿Usted es Eduardo Vasconcelo