Helena seguía pensando en Vanessa cuando volvió a centrar su atención en Gabriel.
Había algo en aquella mujer que dejaba claro que no había aparecido por casualidad.
Conocía a Gabriel.
Tal vez más de lo que a Helena le habría gustado.
Pero lo que más la inquietaba era otra cosa.
La manera en que Gabriel había cambiado cuando ella apareció.
Durante unos segundos, aquel hombre que parecía estar siempre en control mostró algo diferente.
Incomodidad.
Cansancio.
Como si Vanessa representara una parte de su vida que prefería mantener lejos.
—Te quedaste en silencio.
La voz de Gabriel interrumpió sus pensamientos.
Helena se dio cuenta de que lo estaba observando.
—Estoy intentando entenderte.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de él.
—¿Y lo has conseguido?
—Todavía no.
—Eso es bueno.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque normalmente la gente cree que ya me conoce.
Helena reflexionó sobre aquel comentario.
Era extraño.
Un hombre con la fama de Gabriel Valença debería estar acostumbrado a ser admirado.
Pero él parecía cansado de que lo vieran únicamente por lo que poseía.
El camarero trajo los platos.
Durante algunos minutos, ambos permanecieron en silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era como si los dos estuvieran intentando descubrir al otro.
Finalmente, Gabriel dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Hablemos de la propuesta.
Helena asintió.
—Te escucho.
Él abrió una carpeta que había dejado junto a su silla.
Y entonces ella comprendió algo.
Aquella no era una reunión improvisada.
Gabriel se había preparado.
Dentro de la carpeta había información sobre el Grupo Valença.
Proyectos.
Eventos.
Reuniones.
—Mi empresa está atravesando una etapa de expansión.
Explicó Gabriel.
—Necesitamos fortalecer el área de relaciones con inversionistas y socios estratégicos.
Helena observó los documentos.
—¿Y qué tengo yo que ver con eso?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Más de lo que imaginas.
Ella soltó una pequeña risa.
—Gabriel, trabajo en un club nocturno.
—Trabajas en un entorno donde debes tratar con personas diferentes todos los días.
—Eso es muy distinto a una empresa.
—No completamente.
Él se inclinó ligeramente hacia ella.
—Aquella noche detectaste un problema antes que todos los demás.
Helena se puso seria.
—Eso fue simple sentido común.
—No.
La respuesta llegó firme.
—Eso fue lectura de personas.
Ella guardó silencio.
Gabriel continuó:
—Entendiste las intenciones de aquel cliente. Comprendiste lo que necesitaba escuchar. Resolviste una situación delicada sin generar un conflicto mayor.
Hizo una pausa.
—Muchas personas entrenadas para eso no lo habrían logrado.
Helena no esperaba escuchar algo así.
Porque, por primera vez, alguien estaba valorando algo en ella que no tenía nada que ver con su apariencia.
—¿Y qué quieres que haga?
—Trabajar conmigo.
—¿Cómo?
—Relaciones públicas. Eventos. Atención a socios importantes.
Helena respiró profundamente.
—Hablas en serio.
—Muy en serio.
Gabriel abrió otro documento.
—El salario inicial sería este.
Helena miró la cifra.
Y sus ojos se abrieron de inmediato.
Era más dinero del que imaginaba ganar en años.
Pero, a diferencia de lo que Gabriel esperaba, no se mostró fascinada.
Se mostró desconfiada.
Cerró el documento.
—No.
Gabriel pareció sorprendido.
—¿No?
—No puedo aceptar algo así.
—¿Por qué?
Helena sostuvo su mirada.
—Porque parece demasiado fácil.
El silencio entre ambos se hizo más profundo.
—Explícate.
—Un hombre como tú aparece de la nada, me ofrece una oportunidad capaz de cambiar mi vida y espera que simplemente la acepte.
Gabriel observó su reacción.
Y en lugar de molestarse, pareció admirarla.
—¿Crees que estoy intentando comprarte?
—Estoy diciendo que las personas poderosas están acostumbradas a conseguir lo que quieren.
Él permaneció en silencio durante unos segundos.
Luego respondió:
—No quiero a alguien que haga siempre lo que yo quiero.
Helena levantó la vista.
—¿No?
—No.
Su voz se volvió más baja.
—Quiero a alguien que tenga el valor de decirme cuando estoy equivocado.
Aquello la tomó por sorpresa.
Porque era exactamente lo que ella había hecho.
Lo había contradicho.
Lo había enfrentado.
Y él parecía valorar precisamente eso.
—¿Siempre eres así?
Preguntó ella.
—¿Así cómo?
—Difícil de entender.
Una sonrisa discreta apareció en su rostro.
—Tal vez.
Por primera vez aquella noche, Helena también sonrió.
Pero el momento fue interrumpido por el teléfono de Gabriel.
Él miró la pantalla.
Y su expresión cambió de inmediato.
La sonrisa desapareció.
El hombre tranquilo que estaba frente a ella dio paso al CEO conocido por controlar todo a su alrededor.
—Necesito responder.
Se alejó unos pasos.
Helena lo observó.
No podía escuchar la conversación.
Pero sí podía notar el cambio.
Gabriel estaba preocupado.
Cuando regresó, algo había cambiado.
—¿Todo está bien?
Él dudó por un instante.
—Es una situación de la empresa.
Helena percibió que era algo más que eso.
Pero no preguntó.
Todavía no.
Gabriel tomó nuevamente la carpeta.
—Piensa en la propuesta.
Helena se puso de pie.
—Lo haré.
Él la acompañó hasta la salida.
Antes de que ella subiera al automóvil, Gabriel se detuvo.
—Helena.
Ella lo miró.
—¿Sí?
—Gracias.
Helena se sorprendió.
—¿Por qué?
Él tardó un segundo en responder.
—Porque eres la primera persona en mucho tiempo que habla conmigo sin intentar conseguir algo a cambio.
Y entonces entró en el automóvil.
Helena permaneció inmóvil en la acera.
Observando cómo el vehículo desaparecía entre las calles de Manhattan.
Todavía no sabía si aceptar aquella propuesta sería la mejor decisión de su vida.
O el peor error.
Pero una cosa sí sabía.
Gabriel Valença ya había cambiado algo dentro de ella.