Valeria aceptó el trabajo una semana después.
No lo pensó como una renuncia a nada, sino como una afirmación. El cargo implicaba más responsabilidad, nuevos retos y, sobre todo, distancia. No solo geográfica, sino emocional. Era un paso hacia adelante que no dependía de nadie más.
El traslado fue discreto. Sin despedidas ceremoniales ni explicaciones largas. Empacó lo justo, cerró la puerta de su apartamento y se permitió, por primera vez en mucho tiempo, no mirar atrás.
Siguió viendo a Diego.