CAPÍTULO VEINTITRÉS: EL TIEMPO ARDE.
Alice Collins
No había visto a Matthew desde aquel día en su despacho. Ese día en el que el beso me había robado el aliento y por poco me derrito en sus brazos.
—He correspondido a sus besos y, por Dios, nos devoramos la boca —susurré, llevando mis dedos a mis labios. Comencé a acariciarlos, sintiendo la memoria fantasmal de esa presión, esa urgencia.
Solté un suspiro largo y tembloroso porque, desde entonces, no había podido sacarlo de mi mente.
«Y luego,