Andrés estaba en su despacho, como casi todas las noches, con la mirada perdida en la pantalla de su computador, fingiendo trabajar mientras su mente vagaba entre recuerdos y remordimientos. El silencio de la casa solo era interrumpido por el leve tic-tac del reloj colgado en la pared, que marcaba la una de la madrugada. Estaba a punto de cerrar su portátil cuando una notificación vibró en su celular, rompiendo la su concentración.
Frunció el ceño. Tomó el teléfono con una mezcla de cansancio y