Mariana y Sofía llegaron a la casa de Andrés al atardecer. El cielo tenía un tono anaranjado que rozaba lo melancólico, como si hasta el clima presintiera que algo importante estaba por suceder.
—Es bonita la casa —susurró Sofía, mirando la fachada con cierto nerviosismo. Sus dedos jugaron con el borde de su chaqueta. Ver enfrentada a Mariana al amor de su vida le daba temor, ese temor de verla destruida y perdida.
—Sí, es bonita —respondió Mariana con tono seco, distante, como si las palabras