El olor a desinfectante impregnó cada rincón de la sala de espera del hospital. Mariana se mantenía de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta de la habitación donde Nicolás seguía en coma. Dos días. Dos días sin escuchar su voz, sin ver sus ojos abiertos, sin sentir el calor de sus pequeñas manos aferrándose a las suyas. Su hijo, su pequeño Nicolás, yacía en esa cama fría, conectado a máquinas que parecían reemplazar sus funciones vitales.
Sintió un nudo en la garganta cuand