Liam, de pie frente a Brith, aún respiraba con fuerza después de haberle dado el puñetazo que había partido su labio. Pero la furia que lo había impulsado a golpearlo comenzaba a ser reemplazada por una mezcla de incredulidad y decepción. Brith, sentado en su sillón, con la cabeza gacha y los codos apoyados en las rodillas, parecía un hombre al borde del colapso. Su rostro estaba pálido, y su labio sangrante era el menor de sus problemas.
El silencio entre ellos era denso, cargado de cosas no d