La llamada llegó un miércoles por la mañana.
Leonardo ya estaba en su despacho cuando entró la llamada. Isabella percibió el cambio en su voz desde el pasillo, ese cambio sutil que transformaba su tono profesional y controlado en algo más plano y cauteloso. Pasaba camino a la cocina. No redujo el paso ni se detuvo a escuchar, pero antes de dejar atrás la puerta entreabierta alcanzó a distinguir tres palabras.
Su nombre.
Gerald.
Y: ya.
Preparó su café, se sentó a la mesa de la cocina y esperó.
É