La sangre caliente me salpicó las pantorrillas, filtrándose en la tela gastada de mi vestido. El olor metálico inundó mis sentidos, devolviéndome de golpe a esa noche en la habitación con Lucas, a la carnicería que mis propias manos habían provocado. Pero esto era distinto. Aquí, la muerte era un adorno, una advertencia lanzada desde las alturas.
—Limpien este desastre antes de que el Alfa baje a cenar —dijo la gobernanta con una frialdad que me erizó la piel. Ni siquiera se inmutó ante el cuerpo decapitado. Para ella, era solo basura que obstruía el paso.
Sentí la mirada del hombre en lo alto de las escaleras clavada en mi nuca como un puñal de hielo. No necesitaba que nadie me lo dijera: era Eric, el Alfa Lycan. El monstruo del que las madres hablaban para asustar a sus cachorros. Su aura era tan pesada que sentí una presión física en mi pecho, una autoridad que no pedía permiso, que simplemente te aplastaba.
—Tú —una voz ronca y profunda retumbó desde arriba, haciendo que las velas