Amelia no necesitó que nadie se lo explicara.
No fue una frase concreta ni una acusación directa lo que encendió la alarma en su pecho, sino algo más sutil, más peligroso: la forma en que empezaron a mirar a Dorian.
Demasiado seguido.
Demasiado atentos.
Demasiado satisfechos.
Lo notó en el consejo, en los pasillos del refugio, incluso durante las comidas compartidas. Ancianos que antes apenas lo saludaban ahora lo llamaban por su nombre, le pedían opinión, asentían cuando hablaba como si cada p