La mañana siguiente amaneció cubierta por una neblina espesa que descendía desde las montañas y se deslizaba entre las casas de Luna de Plata como un presagio silencioso. El territorio entero parecía contenido dentro de un mismo aliento tenso.
Amelia llevaba despierta desde antes del amanecer.
No había dormido realmente.
Cada vez que cerraba los ojos, el vínculo reaccionaba. A veces como un calor leve bajo las costillas. Otras como una presión extraña detrás del esternón, como si algo dentro de