CACIQUE CHANCÓ
—No, anciano tonto, ese leviatán es mi hijo, el príncipe Checo; no tenías que destruirlo, estaba de nuestro lado.
La única respuesta que recibió el cacique fue un rayo plateado que, si no alcanzaba a esquivarlo, lo hubiera borrado de la existencia.
—Pero qué alevosía, anciano Tuani, lo voy a destruir, por eso—, el cacique calculó el ataque con el que respondería, pero fue frenado por una bola blanca que le llegó a las manos. —¡Qué es esta pelota de sal! Y tiene el rostro del jefe