MARIANA
— ¡Mariana, mi amor! La alegría no me cabe en el pecho; te he extrañado cada segundo—. Alberto saltó y se transformó en humano. Se acercó, abrasándola y besándola.
— ¡Mi adorado Alberto! Me fascina ver que te encuentras a salvo, es que no concibo la vida sin ti, mi adorado hombre lobo—. Mariana siguió besándolo sin percatarse de lo que sucedía alrededor.
—Al parecer, la caja que cargaba ese anciano era un aparato fabricado con cerebros de mentalistas que al parecer era su última opción—