MARIANA
—Vamos, tú puedes. —Ella misma se decía, saliendo del cuarto blanco que olía a cloro; arrastraba los pies y le provocaba arrastrarse en el suelo, y lo hubiera hecho de no ser porque la descubrirían y todo el esfuerzo que hizo para quitarle la ropa al doctor y colocársela sería en vano. Debía caminar erguida y lo más normal posible para poder escabullirse de donde quiera que estuviera.
—Un momento, señora, no puedo dejarla ir. —Una voz chillona sonó a sus espaldas y fue como si una lluvi