En ese instante, Cara quiso que la tierra se abriera y la tragara. Jamás había sentido tanta vergüenza e intimidación. Aquella era una mujer de cincuenta y tantos años, muy hermosa. Pero al mismo tiempo, con un aura que le hizo estremecer el cuerpo.
—¡Mamá! —la reprendió Bastiaan—. No tienes por qué tratar a las personas de ese modo, además que: ¿no ves que ha venido conmigo?
La mujer caminó un poco más hasta donde ellos se encontraban, y la miró de pies a cabeza.
—Entonces no estoy equivocad