La tarde del martes cubrió Manhattan con un cielo gris que amenazaba con una nueva tormenta. Desde el inmenso ventanal de mi despacho, observé cómo los rascacielos se perdían entre las nubes bajas, mientras la ciudad continuaba moviéndose con la misma indiferencia de siempre. Tenía los informes financieros extendidos sobre el escritorio, pero mi concentración estaba lejos de ser la habitual. Había pasado la última hora revisando los mismos documentos sin avanzar realmente, incapaz de apartar la