El portón de hierro de la mansión Laurent se cerró detrás del Maybach negro con un estruendo sordo que pareció aislarme del mundo. Sebastian bajó del auto sin decir una sola palabra y, con una cortesía autoritaria que no admitía réplicas, me guió a través del imponente vestíbulo de mármol pulido hasta su biblioteca privada. El espacio era monumental, rodeado de estanterías de madera oscura que ascendían hasta el techo y repleto de miles de libros antiguos. El aire allí adentro olía a cuero, cera cara y tabaco de lujo, un entorno puramente masculino que gritaba poder absoluto.
Me dejé caer en uno de los profundos sillones de cuero negro, cruzando las piernas con elegancia. Apreté los bordes de mi gabardina con fuerza; la lencería blanca de encaje debajo seguía recordándome la humillación que había vivido hacía apenas una hora, pero mi orgullo ya estaba domesticando el dolor. Sebastian se quitó el saco de su traje de tres piezas con un movimiento fluido y felino, arrojándolo sobre un sofá. Se desabrochó los dos primeros botones de su camisa blanca, revelando la base de su cuello robusto, y caminó hacia el mueble bar.
—¿Whisky? —preguntó con su voz barítona, una vibración profunda que pareció alterar la presión del aire en el santuario.
—No bebo cuando tengo que planificar una ejecución, señor Laurent —respondí, manteniendo mi postura fría y la barbilla en alto.
—Deberías. Te ayudará a calmar la adrenalina de tus venas —replicó Sebastian.
Sirvió dos vasos de cristal tallado con el líquido ámbar e ignoró mi rechazo. Se acercó a mí con pasos lentos y calculados. En lugar de sentarse en el sillón de enfrente, se apoyó contra el borde de su imponente escritorio de caoba, justo delante de mí. Su estructura física era masiva; sus piernas largas quedaron a tan solo unos centímetros de las mías, invadiendo mi espacio personal de una manera que me erizó la piel. Me tendió el vaso. Lo tomé solo para evitar que sus dedos rozaran los míos, aunque la descarga de electricidad en el ambiente ya era innegable. La proximidad alteraba mis sentidos de una forma desconcertante; era el hombre más poderoso de la ciudad, y su mirada gris parecía desvestir mis intenciones.
—Sé perfectamente que no estás destruida, Abigail —confesó Sebastian, dándole un sorbo a su bebida sin apartar sus ojos de mí—. Llevo meses auditando minuciosamente cada uno de los informes financieros de la división de gestión de activos que se envían al consejo de administración. Esos análisis eran demasiado brillantes, demasiado perfectos para haber surgido de la mente de mi sobrino Brandon. Sabía que había una mente maestra trabajando en las sombras para asegurar su fideicomiso. Lo que no esperaba... era descubrir que esa mente maestra poseía una mirada tan indomable y peligrosa.
Un calor súbito subió por mi cuello ante su declaración. Clavé mis ojos en los suyos, negándome a dejarme intimidar por el halago o por el abrumador magnetismo que emanaba de su cuerpo.
—Si sabía que Brandon se estaba colgando mis medallas, ¿por qué se quedó callado, señor Laurent? —lo desafié, inclinándome hacia adelante, rompiendo la distancia de seguridad que nos separaba—. ¿Por qué permitió que usara mi intelecto para limpiar su imagen ante su abuelo Maximilian?
Sebastian de igual manera se inclinó, aproximando su robusto torso hacia mí. Su aroma a sándalo y calor corporal me invadió los sentidos, obligándome a contener el aliento. Sus ojos grises descendieron por una fracción de segundo hacia mis labios antes de volver a conectarse con los míos. La tensión en la biblioteca se volvió tan densa que el aire pareció escasear. Deseé apartar la vista, pero su presencia me tenía completamente anclada a su espacio.
—Porque en los negocios, Abigail, uno debe esperar a que el enemigo cometa el error fatal por sí mismo —susurró, con una suavidad peligrosa que me aceleró el ritmo del corazón—. Brandon pensó que te tenía asegurada bajo su control. Ahora que lo has dejado, su mundo corporativo se desmoronará el lunes en la junta de accionistas. Pero necesitas ser inteligente. Si regresas a tu apartamento esta noche, Brandon te acosará sin descanso. Te suplicará de rodillas, usará el remordimiento y, cuando eso falle, usará las influencias y amenazas de la familia Laurent para obligarte a casarte con él en siete días. Él sabe que sin ti, perderá su herencia y su puesto en la empresa.
Apreté los dientes, sabiendo que tenía toda la razón. Brandon era un cobarde capaz de cualquier bajeza con tal de no perder sus privilegios.
—No voy a regresar a ese apartamento, ni voy a permitir que me toque de nuevo —le siseé, decidida a no ceder un solo palmo de mi dignidad—. Pero tampoco planeo quedarme escondida en tu casa como si tuviera miedo.
Sebastian sonrió de medio lado, una mueca lobuna y puramente masculina llena de fascinación por mi audacia. Se puso de pie con una gracia imponente, rompiendo la burbuja de cercanía, y caminó hacia la puerta de la biblioteca, indicándome con un sutil gesto de la cabeza que lo siguiera.
—No tienes que esconderte. Solo necesitas una base de operaciones segura para enfriar la cabeza antes de dar tu próximo paso —dijo, guiándome por el pasillo hasta la planta alta de la casa.
Se detuvo frente a una pesada puerta de madera tallada que conducía a una habitación de invitados de absoluto lujo. El cuarto estaba iluminado tenuemente por la luz de la luna que se filtraba a través de un gran ventanal. Sebastian abrió la puerta por completo y se hizo a un lado, permitiéndome entrar al espacio.
Me giré sobre mis talones para mirarlo una última vez antes de retirarme. Él seguía allí de pie en el umbral, una montaña de control y sombras que bloqueaba la penumbra del pasillo.
—Que descanses, Abigail —dijo, agarrando la manija de la puerta con sus dedos largos y fuertes.
Comenzó a cerrarla lentamente, pero justo antes de que la madera encajara por completo en el marco con un clic seco, Sebastian se detuvo. Sus ojos grises brillaron en la oscuridad con una intensidad fría, y dejó caer una frase que me dejó inmóvil en el centro del cuarto.
—El destino te puso en mi camino esta noche, Abigail, y yo nunca dejo escapar una oportunidad que valga la pena asegurar.
La puerta se cerró por completo, dejándome sola con el latido desbocado de mi propio corazón. Miré hacia el gran ventanal, donde las gotas de lluvia golpeaban el cristal con fuerza. El señor Laurent no me había traído aquí por un arrebato de caballerosidad. Había un trasfondo denso en su calma, una corriente oculta que amenazaba con arrastrarme, y yo acababa de cruzar el umbral hacia su propio terreno.