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Capítulo 2: La sombra del tablero

El sonido de mis tacones contra la alfombra del pasillo VIP era el único eco de mi huida. Llevaba la gabardina abrochada hasta el cuello, ocultando el encaje blanco de la lencería que ahora se sentía como una marca de hierro ardiente. La rabia corría por mis venas, un torrente helado que adormecía el dolor de la traición y me mantenía de pie. No iba a esconderme a llorar; mi orgullo no me lo permitía.

Caminé hacia los ascensores privados, con la mirada fija en las puertas metálicas del fondo. Sin embargo, justo antes de presionar el botón de descenso, las puertas del ascensor presidencial se abrieron con un suave tintineo. Un hombre salió a la penumbra, y la atmósfera entera cambió de inmediato, volviéndose pesada, densa y abrumadora.

Era excepcionalmente alto, de hombros masivos y una estructura física imponente que parecía absorber el oxígeno del corredor. Vestía un traje de tres piezas gris carbón a la medida, que delataba un estatus económico inalcanzable. Su sola presencia emanaba un aura de autoridad absoluta, frialdad y un peligro latente que hacía que cualquiera diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia.

Sebastian Laurent.

El patriarca indiscutible de la familia, CEO supremo de las Empresas Laurent y el tío carnal de Brandon. Un hombre de treinta y siete años que gobernaba tanto el negocio familiar como a sus miembros con una mano de hierro despiadada. Brandon le temía más a su tío Sebastian que a la muerte misma. Sus ojos grises, afilados, analíticos y fríos como navajas de hielo, se clavaron directamente en mí.

Avanzó con una gracia felina, deteniéndose a menos de un metro. El choque fue inmediato. Yo estaba furiosa, indomable, con la respiración aún agitada por la escena del televisor destruido. Él, en cambio, era una fuerza de la naturaleza fría, imperturbable y calculadora, una montaña de control que me miraba desde su imponente altura.

—¿Abigail? —Su voz fue una vibración barítona, profunda y carente de emoción—. ¿Qué haces en el piso ejecutivo a esta hora? La suite de mi sobrino está en el ala oeste. Deberías estar descansando, considerando que falta una semana para la boda.

Una risa amarga y cargada de veneno escapó de mis labios. No me encogí ante su tamaño ni ante la reputación que precedía al hombre más temido. Di un paso al frente, invadiendo su espacio, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza para sostener mi mirada desafiante.

—Tu querido sobrino se está revolcando con mi dama de honor en esa suite en este preciso momento, señor Laurent —respondí sin vacilar, clavando mis ojos en los suyos—. Así que le sugiero que borre la palabra "boda" de su vocabulario. No habrá ceremonia la próxima semana. Se acabó.

Detrás de él, sus guardaespaldas ahogaron una exclamación. El rostro de Sebastian permaneció como granito tallado. Ni un solo músculo de su mandíbula se movió. Solo sus párpados pesados se entrecerraron un milímetro, procesando la información con la frialdad de una supercomputadora. Por un instante fugaz, una sombra de extraña perturbación cruzó sus ojos grises al escanear mis facciones. Fue una vacilación tan breve que desapareció antes de que pudiera darle un nombre, y el hielo volvió a cubrirlo todo.

—Brandon siempre ha sido un estúpido sin un ápice de autocontrol —sentenció Sebastian, mirando su reloj de oro puro con una calma insultante—. Por supuesto, esto representa un problema para el imperio. Las acciones de las Empresas Laurent abrirán a la baja el lunes por la mañana si la prensa se entera de este caos antes de la junta. Mi abuelo Maximilian no tolerará este nivel de inestabilidad mediática.

—¿Le preocupan las acciones de su familia, Sebastian? —lo desafié, usando su primer nombre intencionalmente—. A mí me preocupa haberle regalado mi vida y mi intelecto financiero a un parásito que me pagó de la forma más miserable. Pero tiene razón. Esto es un escándalo monumental. Y planeo encargarme personalmente de que mañana en la mañana cada cadena de televisión sepa la clase de escoria que es su heredero. Lo destruiré públicamente.

El aroma a sándalo de su colonia me rodeó cuando Sebastian dio un paso más, acortando la distancia hasta que su pecho rozó la tela de mi gabardina. Su sombra me cubrió por completo, pero no di marcha atrás. Mi espíritu rebelde estaba en su punto más alto.

—No te permitiré dañar el apellido Laurent, Abigail —advirtió, y su tono descendió a un susurro gélido que habría hecho arrodillar a cualquiera.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a detenerme? —le planté cara, clavando mi dedo índice contra su duro pecho—. Ya no soy la prometida sumisa de tu sobrino. No le debo nada a los Laurent. Mañana quemaré el mundo de Brandon, aunque tenga que arrastrar las acciones de tu preciosa empresa al fondo del abismo conmigo.

Los guardaespaldas dieron un paso al frente, pero Sebastian levantó una sola mano, deteniéndolos al instante sin apartar la vista de mí. Una llamarada de algo oscuro, intenso y puramente fascinado brilló en sus ojos grises. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a amenazar su imperio en su propia cara. Mi audacia, lejos de enfurecerlo, pareció despertar al depredador que llevaba dentro.

Con un movimiento rápido, Sebastian atrapó mi mano, envolviendo mi muñeca con sus dedos largos y fuertes. Su agarre era una banda de hierro inescapable; no me lastimó, pero me dejó claro que su fuerza física era abrumadora. Su pulgar presionó sutilmente mi pulso acelerado, enviando una inesperada descarga de calor por mi brazo.

—Eres demasiado valiente, Abigail, pero sumamente impulsiva —murmuró, inclinándose de modo que su aliento cálido rozó mi mejilla—. Si vas a la prensa sola mañana, la maquinaria legal de los Laurent te destruirá antes del mediodía. Mi abuelo Maximilian usará cada recurso para tacharte de mentirosa y silenciarte por violar la confidencialidad. Te quedarás sin carrera, sin dinero y sin la venganza que tanto deseas. No te dejaré cometer un error táctico.

Intenté tirar de mi brazo con rabia, pero él ni siquiera se inmutó.

—¡Suéltame, Sebastian! —le siseé, con los ojos echando chispas—. No voy a quedarme de brazos cruzados.

—No te quedarás de brazos cruzados, pero harás las cosas a mi manera —replicó él, y una sonrisa de medio lado apareció en sus labios perfectos. Sin soltar mi muñeca, ordenó a sus hombres—: Preparen el Maybach en la salida privada. Nos vamos a la mansión de inmediato.

—Yo no voy a ir a ninguna parte contigo —protesté, intentando plantar los pies en la alfombra, pero la fuerza con la que me guió hacia el ascensor presidencial fue implacable.

—Vas a subir a mi auto, Abigail —sentenció Sebastian, presionando el botón del ascensor mientras me mantenía pegada a su costado, permitiéndome sentir la dureza de su cuerpo masivo—. Tenemos que proteger los intereses de la empresa, y tú necesitas un aliado con el poder suficiente para hacer que Brandon sangre de verdad. Entra.

Las puertas del ascensor se cerraron, atrapándome en un espacio cerrado con el hombre más peligroso de la ciudad. Mientras descendíamos hacia la oscuridad del sótano, miré el perfil imperturbable de Sebastian. El alfa de los Laurent ya tenía un plan maestro trazado en su mente, y yo acababa de convertirme en la pieza central de su tablero.

 

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