Mis tacones golpeaban la grava mientras corría tras él, dejando atrás el murmullo de la gala y las luces que seguían iluminando la entrada del club. Sebastian no miró hacia atrás ni una sola vez. Avanzaba con pasos largos y decididos, los puños cerrados y la espalda completamente rígida bajo el esmoquin. Lo alcancé justo cuando el chofer abría la puerta del Maybach.
—¡Sebastian, espera! —lo llamé, sujetándolo del antebrazo para obligarlo a detenerse.
Sebastian se detuvo en cuanto sintió mi mano