—¿Crees que esto es solo por mi orgullo? —replicó. Levantó una mano despacio y la detuvo a un suspiro de mi mejilla. No llegó a tocarme, pero sentí el calor de su piel—. Mírame, Abigail. Dime de verdad si crees que esto puede seguir reduciéndose a una firma y un contrato.
—Entonces bésame —lo desafié en un murmullo, aunque mi propia voz traicionó la seguridad que intentaba mantener—. Rompe la cláusula. Demuéstrame que Sebastian Laurent, el hombre que siempre tiene el control, también puede perd