El aire en la sala era espeso, cargado de una electricidad que no se sentía desde antes de la llegada de los bebés. Isabella se movía con una gracia deliberada, cada gesto una insinuación, cada mirada una promesa. Jacob y Owen, como dos lobos acechando una presa que anhelaban pero respetaban demasiado para embestir, comenzaron a responder. No con palabras, sino con un contrajuego igual de sutil y cargado de intención.
Isabella se inclinó sobre la cuna de Mateo Benjamín para ajustar su mantita.