Salvador
Apoyo los codos en el escritorio, paso las manos por mi rostro y cierro los ojos, intentando encontrar algo de claridad. Pero lo único que veo es su cara. Su maldito rostro, con esos ojos que me miraron fríamente en el desayuno.
El contacto fugaz de nuestros dedos, la manera en que su voz tembló al responderme, la tensión que podía cortarse con un cuchillo. Cada detalle me perfora el pecho.
No estoy logrando nada sentado aquí lamentándome.
Tomo el teléfono y marco a Alex.
—¡Alex, ¿algun