Marina
Han pasado dos días desde que Joaquín nos prometió que intentaría ayudarnos, y la espera me está consumiendo viva.
Estoy sentada en la esquina de la habitación, con la espalda apoyada contra la fría pared y los ojos clavados en la puerta, como si pudiera abrirse en cualquier momento y traernos buenas noticias. Pero no pasa. Solo silencio. Solo tiempo.
Daniel duerme a mi lado, su fiebre ha bajado un poco desde que Joaquin nos consiguió algunos medicamentos que tengo escondidos, pero sigue