Salvador
La cocina huele a café recién hecho y pan tostado, pero no logra suavizar la tensión que se arrastra como una sombra. Estoy sentado en silencio, con los dedos rodeando una taza que ya se ha enfriado, observando a Marina mientras se mueve con una eficiencia distante. Cada uno de sus pasos es preciso, medido.
No hay torpeza, pero tampoco calidez.
Me ignora.
Me está haciendo la ley del hielo como si fueramos adolecentes.
Y no puedo culparla.
Desde el incidente con mi abuelo, todo cambió.