Salvador
La habitación está a oscuras, pero la luna se cuela por la ventana. Me quito la camisa y la lanzo contra el sillón. El vino de la noche anterior sigue en la copa. Me sirvo otra medida sin pensarlo demasiado.
Aún siento la presencia de Marina, como si la hubiera traído conmigo, clavada en la piel. Golpeo el mueble con el puño cerrado. Me estoy volviendo loco. No es sólo deseo. Es la forma en la que me responde, la manera en que no se rinde. Me gusta hablar con ella. Me gusta pelear con