Capítulo 32
El silencio del despacho en la mansión William se extendía como una sombra espesa, casi viva. El aire pesaba y las cortinas apenas se movían con la brisa que se filtraba por las rendijas. Además, la tenue luz del atardecer bañaba la habitación con un resplandor dorado que no lograba suavizar la tensión entre ellos. Roma estaba de pie frente al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. Magnus, frente a ella, se encontraba apoyado en el borde del escritor