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Cuando entré a la casa, mis padres vieron que había estado llorando. Subí a mi habitación y me acosté en la cama, colocando la almohada sobre mi cabeza. No quería ver nada, no quería pensar en nada. Solo quería estar ahí, sola, llorando por el resto de mi vida. Pero Candida no tardó mucho en escalar y estar a mi lado. Ella no dijo nada, solo quitó la almohada que cubría mi rostro y lo acarició. Lloré aún más, por recibir ese cariño que tanto necesitaba en ese momento. Tal vez algunas personas p
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