Smith.
Sentía la presión del cañón del arma contra mi pecho mientras el dedo de mi hijo rozaba peligrosamente el gatillo, haciéndome entender que si lo presionaba demasiado, no dudaría en dispararme.
En sus ojos grises, esos que lejos de ser un rasgo heredado parecían una sentencia familiar, se mezclaban la incertidumbre y la rabia con una facilidad que hubiese aterrado a hombres mucho más duros. Pero yo no era un hombre común. Había visto demasiado, había sobrevivido a demasiado como para que