Mundo ficciónIniciar sesiónregreso a la hacienda fue silencioso y tenso. Magdalena cabalgaba con la espalda rígida, aún sintiendo en los labios el peso del beso de Rafael. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir su cuerpo encima del suyo, su calor, su olor a cuero y hombre. Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.
Rafael, por su parte, no dejaba de mirar hacia los lados, alerta. Su mano nunca se alejaba mucho del revólver que llevaba oculto. En cuanto llegaron al patio principal, Anselmo salió corriendo a recibirlos, pálido como un papel. —¡Señora! ¿Está usted bien? ¡Nos han dicho que hubo disparos! —Estoy bien, Anselmo —respondió Magdalena, bajando del caballo con ayuda de un mozo—. Pero quiero que dupliques la vigilancia en los olivares. Nadie entra ni sale sin mi permiso. Rafael desmontó y se acercó a ella, hablando en voz baja para que solo ella lo escuchara: —Necesitamos hablar. Ahora. En privado. Magdalena dudó un segundo, pero terminó asintiendo. Lo condujo hasta el despacho de su padre, una habitación amplia con estanterías llenas de libros antiguos y un gran escritorio de roble. En cuanto cerró la puerta, Rafael se giró hacia ella con expresión seria. —Esto no fue un accidente. Alguien te quiere muerta. —Lo sé —respondió ella, sentándose detrás del escritorio para poner distancia entre ambos—. Lo que no entiendo es por qué. Mi muerte no les daría la hacienda directamente. Los cuñados tendrían que pelearla en los tribunales durante años. Rafael se apoyó contra el borde del escritorio, cruzándose de brazos. La camisa blanca se tensaba sobre su pecho. —Exacto. Por eso no creo que sean solo tus cuñados. Hay alguien más detrás de esto. Alguien con poder e influencia en Sevilla. Magdalena se pasó una mano por la frente, agotada. —Mi padre tenía muchos enemigos. Yo heredé todos ellos. Rafael se quedó mirándola en silencio varios segundos. Luego habló con voz más suave: —Magdalena… ¿hay algo que no me estés contando? Ella levantó la mirada bruscamente. Sus ojos se encontraron. —¿Qué quieres decir? —Durante los años que estuve fuera, escuché rumores. Rumores sobre un hijo. El silencio que siguió fue tan pesado que casi se podía tocar. Magdalena palideció visiblemente. Sus manos comenzaron a temblar. —No sé de qué hablas —respondió, pero su voz la traicionó. Rafael se acercó lentamente, rodeó el escritorio y se acuclilló frente a ella. Tomó sus manos con delicadeza. —Mírame —pidió con voz ronca—. ¿Tuviste un hijo, Magdalena? Una lágrima rodó por la mejilla de ella. Durante nueve años había guardado ese secreto como su posesión más preciada y a la vez más dolorosa. —Se llama Mateo —susurró finalmente, con la voz rota—. Tiene ocho años. Lo envié lejos para protegerlo. Nadie puede saber que existe… especialmente mis cuñados. Si lo descubren, lo usarán para quitarme todo. Rafael cerró los ojos un momento, como si el peso de esa revelación lo hubiera golpeado con fuerza. Cuando los abrió, su mirada era una mezcla de dolor, rabia y algo mucho más profundo. —¿Es mío? —preguntó en un susurro casi inaudible. Magdalena negó lentamente con la cabeza, con lágrimas corriendo ahora libremente por su rostro. —No… es de Enrique. Pero mi marido nunca lo aceptó. Dijo que era fruto de mi “indiscreción” con un criado. Lo rechazó desde el primer día. Rafael soltó una maldición entre dientes y se levantó. Comenzó a caminar de un lado a otro del despacho como un animal enjaulado. —Un hijo… —murmuró—. Tienes un hijo y lo has mantenido escondido todo este tiempo. Se detuvo frente a ella y la miró con una intensidad que le quitó el aliento. —Magdalena… ¿por qué no me buscaste? Yo te habría ayudado. Habría cuidado de ti y del niño. —Porque mi padre amenazó con matarte si volvías —confesó ella entre sollozos—. Y porque tenía miedo de que tú también lo rechazara… Rafael se arrodilló de nuevo frente a ella, tomó su rostro entre sus manos y apoyó su frente contra la de Magdalena. —Nunca —dijo con voz quebrada—. Nunca te habría rechazado. Ni a ti, ni a ese niño. Nunca. El beso que vino después fue diferente al del olivar. Fue lento, profundo y lleno de años de dolor acumulado. Magdalena se aferró a él como si fuera lo único sólido en medio de la tormenta. Cuando se separaron, Rafael apoyó su cabeza en el regazo de ella, respirando agitadamente. —Tenemos que traerlo de vuelta —dijo con determinación—. Mateo debe estar aquí, contigo. Yo lo protegeré. Os protegeré a los dos. Magdalena acarició su cabello oscuro, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no estaba completamente sola. —¿Y si nos están vigilando? —preguntó con miedo—. Si traigo a Mateo, lo pondré en peligro. Rafael levantó la cabeza y la miró con una determinación feroz. —Entonces nos iremos. Los tres. Lejos de aquí. Empezaremos de nuevo en otro lugar. Pero no pienso permitir que sigas viviendo con miedo. En ese momento, alguien tocó la puerta con urgencia. —Señora, ¡es importante! —gritó Anselmo desde el otro lado. Magdalena se secó rápidamente las lágrimas. —Adelante. Anselmo entró pálido y tembloroso. —Señora… acaban de encontrar a uno de los trabajadores en el olivar sur. Muerto. Le dispararon en la cabeza. Tenía un mensaje clavado en el pecho. —¿Qué mensaje? —preguntó Rafael, poniéndose de pie. Anselmo tragó saliva antes de responder: —“La próxima vez será ella.”La noticia del trabajador asesinado cayó como un balde de agua fría sobre la hacienda. Magdalena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Alguien había matado a un hombre inocente solo para enviarle un mensaje. El miedo se instaló en su pecho como una piedra pesada. Rafael, en cambio, mantuvo la calma. Tomó la nota ensangrentada que Anselmo le entregó y la leyó con expresión sombría: “La próxima vez será ella. Devuelve lo que no te pertenece, Montalbán.” —¿Qué significa eso? —preguntó Magdalena con voz temblorosa—. ¿Qué es lo que se supone que debo devolver? Rafael dobló la nota y se la guardó en el bolsillo. Luego se acercó a ella y la tomó suavemente por los hombros. —Alguien cree que tienes algo que le pertenece. Algo importante. Y está dispuesto a matar para recuperarlo. Anselmo, visiblemente nervioso, añadió: —Señora, los trabajadores están asustados. Algunos ya están hablando de marcharse. Si esto sigue así, perderemos mano de obra. Magdalena se pasó una mano por la frente, intentando pensar con claridad a pesar del pánico. —Que nadie abandone la hacienda por ahora. Duplica los guardias y ofrece un bono a quien se quede. No podemos permitir que el miedo se propague. Cuando Anselmo se retiró para cumplir sus órdenes, Rafael cerró la puerta del despacho y se giró hacia ella. —Hay algo que no me estás contando, Magdalena. Ella evitó su mirada. —No sé de qué hablas. Rafael dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. —Durante los años que estuve fuera, escuché rumores. Rumores sobre un niño que nació poco después de tu boda. Un niño que nunca fue reconocido públicamente. Magdalena palideció. Sus manos comenzaron a temblar visiblemente. Rafael se acercó más y tomó su rostro con delicadeza, obligándola a mirarlo. —¿Tienes un hijo? Una lágrima rodó por la mejilla de Magdalena. Después de años guardando el secreto, las palabras salieron casi sin control: —Se llama Mateo… Tiene ocho años. Lo envié a vivir con una familia de confianza en Granada para protegerlo. Mis cuñados no pueden saber que existe. Si lo descubren, lo usarán para quitarme todo. Rafael permaneció en silencio varios segundos, procesando la información. Luego preguntó con voz ronca: —¿Es mío? Magdalena negó lentamente con la cabeza. —No… es de Enrique. Pero mi marido siempre supo que no era suyo. Me acusó de haberlo concebido con un criado y lo rechazó desde el día que nació. Rafael cerró los ojos un momento, claramente afectado. Cuando los abrió, su mirada estaba llena de determinación. —Tráelo de vuelta —dijo con firmeza—. Ese niño merece estar con su madre. Y yo… yo lo protegeré como si fuera mío. Magdalena lo miró sorprendida, con los ojos llenos de lágrimas. —¿Harías eso por mí? Rafael se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaron. —Haría cualquier cosa por ti, Magdalena. Cualquier cosa. Y sin darle tiempo a responder, la atrajo hacia él y la besó con una mezcla de ternura y pasión que le robó el aliento.






