El descenso de la montaña se convirtió en una carrera contra el tiempo y contra el dolor. Rafael apretaba los dientes con cada movimiento del caballo, la bala aún alojada en su hombro izquierdo. La sangre había empapado su camisa y ahora goteaba sobre la montura. Magdalena iba detrás, sosteniendo a Mateo contra su pecho con un brazo mientras con el otro rodeaba la cintura de Rafael para evitar que se cayera.
—Mamá, ¿él se va a morir? —preguntó Mateo con voz pequeña, temblando de frío y miedo.
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