La luna llena iluminaba el viejo molino abandonado como un faro maldito en medio de la oscuridad. Magdalena y Rafael habían llegado al punto de encuentro una hora antes de la medianoche, tal como exigía el secuestrador.
Magdalena iba vestida completamente de negro, con una capa que le cubría la cabeza. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a salir de su pecho. A su lado, Rafael caminaba en silencio, tenso como una cuerda a punto de romperse. A pesar de sus protestas, él se había negado