Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa cena se sirvió en el gran comedor principal, tal como Magdalena había ordenado. La larga mesa de caoba brillaba bajo la luz de los candelabros de plata. Solo un cubierto estaba puesto: el suyo. Prefería cenar sola la primera noche. Necesitaba pensar.
Apenas había probado dos cucharadas de sopa cuando Anselmo apareció en la puerta con expresión preocupada. —Señora… tiene una visita. Magdalena levantó una ceja, sorprendida. —¿A estas horas? ¿Quién es? El mayordomo dudó antes de responder. —Don Rafael de la Torre. Dice que es urgente. El nombre cayó sobre la mesa como una piedra en un estanque quieto. Magdalena sintió que la sangre abandonaba su rostro. Dejó la cuchara con lentitud, intentando mantener la compostura. —Dígale que no recibo visitas esta noche. —Señora… insiste en que no se marchará hasta hablar con usted. Dice que trae un asunto que no puede esperar. Magdalena permaneció en silencio varios segundos. Su corazón latía con fuerza. Rafael de la Torre. El único hombre en el mundo que tenía el poder de desestabilizarla con solo mencionar su nombre. —Hágalo pasar al salón azul —dijo finalmente, con voz controlada—. Iré en un momento. Cuando Anselmo se retiró, Magdalena cerró los ojos y respiró profundamente. Se llevó una mano al pecho, intentando calmar los latidos desbocados. Habían pasado nueve años desde la última vez que lo vio. Nueve años desde aquella noche en el invernadero… Se puso de pie, se alisó el vestido negro y se dirigió al salón con paso firme. No podía permitirse mostrar debilidad. No ante él. Rafael estaba de espaldas cuando ella entró, observando el retrato de su difunto padre sobre la chimenea. Llevaba una chaqueta oscura que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos. Incluso de espaldas, emanaba esa presencia peligrosa que ella recordaba tan bien. —Señor de la Torre —dijo Magdalena con frialdad—, es muy tarde para visitas. ¿Qué asunto tan urgente lo trae a mi casa? Rafael se giró lentamente. Cuando sus ojos se encontraron, el tiempo pareció detenerse. Seguía igual de atractivo. Más, incluso. La cicatriz sobre su ceja izquierda le daba un aire peligroso que antes no tenía. Su mirada, oscura e intensa, la recorrió de arriba abajo sin ningún disimulo. —Magdalena… —murmuró, usando su nombre de pila sin permiso—. Has cambiado. —Usted no —respondió ella, manteniendo las distancias—. Y le agradecería que se dirigiera a mí como Doña Magdalena o señora Montalbán. Una sonrisa lenta y burlona apareció en los labios de Rafael. —Tan formal… ¿Así es como vamos a jugar ahora? Magdalena cruzó los brazos sobre el pecho. —Diga lo que tenga que decir y márchese. No tengo tiempo para recuerdos del pasado. Rafael dio un paso hacia ella. Luego otro. Hasta que quedó demasiado cerca para lo que dictaban las normas sociales. —Vengo a cobrar una deuda —dijo en voz baja, casi un susurro—. Una deuda que tu familia tiene conmigo desde hace nueve años. Magdalena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —No sé de qué habla. —¿No? —Rafael inclinó la cabeza, observándola con detenimiento—. ¿Ya olvidaste lo que pasó aquella noche en el invernadero? ¿Olvidaste lo que me prometiste antes de que tu padre me echara como a un perro? La respiración de Magdalena se volvió irregular. Los recuerdos la golpearon con fuerza: sus manos sobre su cintura, sus labios sobre los de ella, las promesas susurradas entre besos desesperados… —Aquello fue un error de juventud —dijo, intentando que su voz sonara firme—. Yo era casi una niña. —Tú nunca fuiste una niña, Magdalena. Ni siquiera a los dieciséis años. El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión. Rafael la observaba como un depredador estudia a su presa. —Mi padre le pagó generosamente para que se marchara —dijo ella finalmente—. Usted recibió su dinero. El asunto quedó zanjado. Rafael soltó una risa baja y peligrosa. —¿Crees que se trata de dinero? —Dio otro paso hacia ella—. Tu padre me quitó algo mucho más valioso que el dinero aquella noche. Me quitó la única cosa que me importaba en este maldito mundo. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo retroceder. —Me quitó a ti. Magdalena sintió que le faltaba el aire. Dio un paso atrás hasta que su espalda chocó contra la pared. Rafael no dejó que se escapara. Colocó una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola entre sus brazos. —Ahora que eres viuda… las reglas han cambiado —susurró, tan cerca que ella podía sentir su aliento en los labios—. Y esta vez, Magdalena… nadie va a separarme de ti. El corazón de Magdalena latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Quería empujarlo, gritarle, decirle que se marchara. Pero su cuerpo parecía haber olvidado cómo moverse. —Salga de mi casa —logró decir finalmente, aunque su voz tembló. Rafael sonrió. Una sonrisa lenta, victoriosa. —Esta vez no, mi amor. Esta vez me quedo. Se apartó de ella con lentitud, como si le costara un esfuerzo sobrehumano. Antes de dirigirse a la puerta, se giró una última vez. —Ah, y dile a Anselmo que prepare una habitación. Voy a quedarme en la hacienda una temporada. —¿Disculpe? —Magdalena lo miró incrédula. Rafael le dedicó una última mirada cargada de promesas oscuras. —Tu padre me dejó algo en su testamento. Una cláusula que acabo de descubrir. Resulta que soy el nuevo administrador de Los Olivos. Se inclinó ligeramente en una burlona reverencia. —Buenas noches… Doña Magdalena. Cuando la puerta se cerró tras él, Magdalena se dejó caer en el sillón más cercano, con las piernas temblando. Rafael de la Torre no solo había vuelto. Iba a vivir bajo el mismo techo que ella. La puerta se cerró con un sonido sordo que retumbó en el pecho de Magdalena como un disparo. Se quedó varios minutos sentada en el sillón, con la mano sobre el corazón, intentando recuperar el aliento. Rafael de la Torre. De todos los hombres del mundo, precisamente él había regresado. Se levantó con dificultad y caminó hasta el ventanal que daba al jardín. La luna iluminaba los olivos plateados que se extendían hasta el horizonte. Su mente viajó nueve años atrás, a aquella noche en el invernadero. Recordó sus manos fuertes sujetándola por la cintura, sus labios ardientes recorriendo su cuello, las promesas desesperadas que ambos se hicieron entre besos robados. “Espérame”, le había susurrado él. “Volveré por ti aunque tenga que enfrentarme al mundo entero”. Pero su padre lo descubrió. Don Gonzalo Montalbán no iba a permitir que su única hija se relacionara con el hijo bastardo de un arrendatario. Rafael fue golpeado, humillado y expulsado de la hacienda esa misma noche. Al día siguiente, ella fue obligada a casarse con Enrique de la Vega, un hombre treinta años mayor que ella. Magdalena apretó los puños. Nunca había perdonado a su padre por aquello. Y ahora Rafael regresaba con la fuerza de un huracán, reclamando lo que según él le pertenecía. Se acercó al escritorio de su padre y abrió el cajón superior. Allí estaba el testamento. Lo había leído hacía una semana, pero no recordaba ninguna cláusula sobre un administrador. Sus ojos recorrieron el documento hasta encontrar el párrafo que le heló la sangre: “…y nombro como administrador vitalicio de la Hacienda Los Olivos a don Rafael de la Torre, quien deberá velar por los intereses de mi hija Magdalena hasta que esta contraiga nuevo matrimonio o decida vender las propiedades…” Magdalena dejó caer el documento sobre el escritorio como si quemara. Su padre, incluso muerto, seguía controlándola. Había atado su destino al único hombre que podía destruirla. Unos suaves golpes en la puerta la sobresaltaron. —Adelante. Anselmo entró con expresión preocupada. —Señora… el señor de la Torre ha elegido la habitación contigua a la suya. Dice que es la que solía ocupar cuando… —el anciano carraspeó incómodo— cuando era más joven. Magdalena sintió que el mundo se tambaleaba. La habitación contigua era la que conectaba directamente con la suya a través de una puerta que siempre había permanecido cerrada con llave. —Que se quede donde quiera —dijo con voz tensa—. Pero que sepa que esta no es su casa. Es la mía. Anselmo asintió y se retiró en silencio. Magdalena se acercó a la puerta que comunicaba ambas habitaciones y pasó los dedos por la madera oscura. Al otro lado estaba él. Respirando el mismo aire. Durmiendo a solo unos metros de distancia. Cerró los ojos y apoyó la frente contra la madera fría. —Dios mío… ¿qué voy a hacer ahora? —susurró en la oscuridad. Desde el otro lado de la puerta, una voz grave y profunda respondió suavemente, como si hubiera estado esperando ese momento: —Buenas noches, Magdalena. Ella dio un respingo hacia atrás, aterrorizada. La voz de Rafael había sonado demasiado cerca. Demasiado íntima. Él estaba justo ahí. Al otro lado de la madera. Escuchándola. Magdalena se alejó rápidamente de la puerta, con el corazón desbocado y las mejillas ardiendo. Se metió en la cama sin siquiera quitarse el vestido de luto. Aquella noche, por primera vez en muchos años, no durmió sola. Aunque Rafael estuviera en la habitación de al lado, su presencia llenaba cada rincón de la suya.






