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La noche fue larga y tormentosa para Magdalena.

Magdalena despertó con el primer rayo de sol que se coló entre las cortinas de terciopelo. Apenas había dormido tres horas, pero su cuerpo se negaba a permanecer en la cama. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo ovalado. Tenía ojeras. Los ojos hinchados delataban la noche en vela.

Se vistió con uno de sus trajes de luto más severos, se recogió el cabello en un moño alto y bajó al comedor dispuesta a enfrentarse al día. Lo que no esperaba era encontrarse a Rafael ya sentado a la cabecera de la mesa, como si fuera el dueño de la casa.

—Buenos días, Doña Magdalena —dijo él sin levantarse, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Espero que hayas dormido bien.

Ella se quedó parada en el umbral, conteniendo la rabia.

—Esa es mi silla —respondió con voz gélida.

Rafael levantó una ceja y señaló la silla a su derecha.

—Entonces siéntate aquí. Tenemos mucho de qué hablar.

Magdalena apretó los labios y tomó asiento. Una criada apareció de inmediato con café recién hecho y pan recién horneado. El aroma llenó el comedor, pero ella no tenía apetito.

—Quiero ver el testamento de mi padre —exigió sin preámbulos.

Rafael sacó del bolsillo interior de su chaqueta un documento doblado y lo deslizó sobre la mesa hacia ella.

—Está todo en orden. Tu padre fue muy claro. Soy el administrador de la hacienda mientras tú sigas viuda. Si te vuelves a casar, mi rol termina.

Magdalena leyó el documento con atención. Cada palabra era como una daga. Su padre había pensado en todo.

—¿Y qué piensa hacer exactamente como administrador, señor de la Torre? —preguntó con sarcasmo.

Rafael se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.

—Primero, voy a revisar las cuentas de los últimos dos años. Segundo, quiero inspeccionar personalmente cada hectárea de olivar. Y tercero… —sus ojos se oscurecieron— voy a asegurarme de que nadie te haga daño.

Magdalena soltó una risa amarga.

—¿Protegerme? Usted es el mayor peligro que tengo ahora mismo.

Rafael la miró fijamente durante varios segundos antes de responder con voz baja:

—Tal vez. Pero soy el único peligro que no va a traicionarte.

En ese momento entró Anselmo, visiblemente nervioso.

—Señora, han llegado los hermanos de su difunto esposo. Don Fernando y don Rodrigo de la Vega. Dicen que vienen a reclamar su parte de la herencia.

Magdalena palideció. Los cuñados. Los mismos que habían intentado quitarle la hacienda desde el día en que Enrique murió. Se levantó de golpe.

—Dígales que no estoy disponible.

—Demasiado tarde —dijo una voz desde la puerta—. Ya estamos aquí, querida cuñada.

Dos hombres entraron al comedor. Fernando, el mayor, tenía una sonrisa falsa clavada en el rostro. Rodrigo, más joven y corpulento, la miraba con evidente deseo.

—Vaya, vaya… —dijo Fernando al ver a Rafael—. No sabía que tenías compañía tan temprano, Magdalena. ¿No nos presentas a tu… invitado?

Rafael se puso de pie lentamente. Su presencia parecía llenar toda la habitación.

—Rafael de la Torre, administrador de la hacienda y representante legal de Doña Magdalena —dijo con voz firme—. Cualquier asunto que tengan con la señora, lo tratarán conmigo primero.

Fernando entrecerró los ojos.

—¿Administrador? Esto es una familia. No necesitamos extraños metiendo las narices en nuestros asuntos.

Rafael dio un paso adelante. Su mirada era fría como el acero.

—Mientras yo esté aquí, nadie se acercará a Doña Magdalena sin mi permiso. Ni siquiera la familia.

El aire se volvió espeso. Los cuatro se miraban en silencio, midiendo fuerzas. Magdalena sintió que estaba presenciando el comienzo de una guerra.

Y ella estaba justo en el centro.

La tensión en el comedor era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. Fernando de la Vega fue el primero en romper el silencio, con una sonrisa venenosa que no disimulaba su desprecio.

—Esto es ridículo. Magdalena, ¿vas a permitir que un cualquiera se interponga entre tú y tu familia? Este hombre no es más que un aventurero. Mi hermano nunca habría aprobado esto.

Magdalena se irguió, sintiendo cómo la rabia le daba fuerzas.

—Tu hermano nunca aprobó nada de lo que yo hacía, Fernando. Y déjame recordarte que la hacienda Los Olivos nunca perteneció a los de la Vega. Era de mi padre. Y ahora es mía. Solo mía.

Rodrigo, el menor, dio un paso hacia ella con los ojos brillantes de codicia y algo más oscuro.

—Siempre fuiste orgullosa, cuñada. Pero las cosas han cambiado. Tienes enemigos poderosos en Sevilla. Gente que no va a permitir que una mujer sola maneje una fortuna como esta. Necesitas protección… y nosotros somos tu familia.

Rafael soltó una risa baja y peligrosa que heló el ambiente.

—Familia… qué palabra tan conveniente. La misma familia que intentó anular el testamento de don Gonzalo cuando murió. La misma que mandó investigadores para declarar a Magdalena incapaz. Qué curioso que ahora hablen de protección.

Fernando palideció ligeramente, pero se recuperó rápido.

—No sabes de lo que hablas, extraño.

—Sé exactamente de lo que hablo —respondió Rafael, dando un paso adelante—. Sé que tienen deudas de juego que ascienden a más de treinta mil reales. Sé que su hacienda en Córdoba está hipotecada. Y sé que su única esperanza es quitarle Los Olivos a la señora.

El silencio que siguió fue sepulcral. Magdalena miró a Rafael sorprendida. ¿Cómo sabía todo eso?

Rodrigo apretó los puños, visiblemente furioso.

—Esto no termina aquí. Volveremos con nuestros abogados. Y cuando lo hagamos, ese papel que tienes no va a servir de nada.

Antes de salir, Fernando se giró hacia Magdalena con una mirada cargada de rencor.

—Ten cuidado con quién te acuestas, cuñada. Las paredes de los palacios sevillanos tienen oídos… y lenguas muy largas.

Cuando los dos hermanos abandonaron el comedor, Magdalena se dejó caer en la silla, exhausta. El encuentro la había dejado temblando.

—¿Cómo sabía todo eso? —preguntó en voz baja, sin atreverse a mirar a Rafael.

Él se sentó frente a ella y la observó con calma.

—Llevo años vigilando. Desde que me fui, nunca dejé de informarme sobre ti… ni sobre quien pudiera hacerte daño.

Magdalena levantó la mirada. Sus ojos se encontraron.

—¿Por qué? —preguntó casi en un susurro—. ¿Por qué sigues aquí después de todo lo que mi familia te hizo?

Rafael se inclinó hacia adelante. Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo ronco:

—Porque aquella noche en el invernadero no fue un capricho para mí, Magdalena. Fue una promesa. Y yo siempre cumplo mis promesas.

Se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.

—Descansa esta tarde. Mañana al amanecer saldremos juntos a inspeccionar los olivares. Hay cosas que debes ver con tus propios ojos.

Cuando se quedó sola, Magdalena apoyó la frente sobre la mesa. Su corazón latía descontrolado y su mente era un torbellino de emociones.

Rafael no había regresado solo para cobrar una deuda.

Había regresado para quedarse.

Y lo peor era que una parte traicionera de ella… se alegraba de que así fuera.

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