Doña Magdalena Montalbán
Doña Magdalena Montalbán
Por: ARYO
Andalucía, 1897

El carruaje negro avanzaba con dificultad por el camino de tierra que conducía a la Hacienda Los Olivos. El sol comenzaba a ocultarse detrás de las colinas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados que contrastaban con el negro riguroso del vestido de Doña Magdalena Montalbán.

Iba sentada muy erguida, con la espalda pegada al respaldo de terciopelo, las manos enguantadas reposando sobre su regazo. Su rostro era una máscara de serenidad perfecta, pero por dentro sentía un torbellino de emociones que amenazaban con desbordarla.

Habían pasado dos años desde que abandonó aquella casa. Dos años desde que enterró a su esposo, don Enrique de la Vega, en el panteón familiar. Dos años desde que escapó de un matrimonio que fue más una prisión que un hogar.

Ahora regresaba convertida en viuda. A sus veintiocho años, era la única heredera de una de las mayores fortunas olivareras de Andalucía. Tres mil hectáreas de los mejores olivares de la región, un palacio en Sevilla y una fortuna que muchos hombres matarían por poseer.

Pero el precio que había pagado por esa herencia era demasiado alto.

El carruaje se detuvo finalmente frente a la gran escalinata de mármol. La fachada blanca de la hacienda brillaba bajo la última luz del atardecer. Las buganvillas moradas trepaban por los balcones de hierro forjado, exactamente igual que cuando ella era niña.

Magdalena respiró profundamente antes de bajar. En cuanto su pie tocó el suelo, todo el servicio de la casa se inclinó ante ella en perfecta formación. El viejo mayordomo, don Anselmo, se acercó con pasos temblorosos, visiblemente emocionado.

—Bienvenida a casa, Doña Magdalena. La hacienda entera la ha estado esperando.

Ella asintió con elegancia, pero no sonrió. Sus ojos oscuros recorrieron la fachada, cada ventana, cada detalle que permanecía inalterado. Todo seguía igual… y sin embargo, nada era igual.

—Gracias, Anselmo —respondió con voz suave pero firme—. Que preparen mi antigua habitación en el ala este. Quiero que nadie me moleste esta noche. Bajaré a cenar a las nueve en punto.

—Como ordene, señora.

Magdalena subió los escalones con lentitud. Cada peldaño despertaba un recuerdo. Allí mismo, en ese tercer escalón, su padre le había informado que se casaría con Enrique de la Vega. En ese pasillo largo había llorado noches enteras antes de su boda. Y en esa misma casa había descubierto verdades que jamás debió conocer.

Al llegar al gran portón de madera, se detuvo un instante. Pasó los dedos por la madera oscura y susurró tan bajo que solo ella pudo escucharlo:

—Aquí empieza todo de nuevo.

Lo que Magdalena no sabía era que, en ese preciso momento, a menos de diez kilómetros de distancia, un jinete detenía su caballo frente a una vieja posada del camino.

Rafael de la Torre desmontó con movimientos fluidos y seguros. Era un hombre alto, de hombros anchos y presencia imponente. Una cicatriz cruzaba su ceja izquierda, dándole un aspecto peligroso que contrastaba con la elegancia natural de sus movimientos. Sacó una carta arrugada del bolsillo interior de su chaqueta y la leyó una vez más.

“Ha regresado. La viuda Montalbán está de vuelta en Los Olivos.”

Una sonrisa lenta y oscura se dibujó en sus labios.

—Al fin… —murmuró con voz grave.

Guardó la carta y miró hacia el horizonte, donde sabía que se encontraba la hacienda. Sus ojos se oscurecieron con una mezcla peligrosa de deseo, resentimiento y algo mucho más profundo.

Nueve años.

Nueve años había esperado para volver.

Y ahora que Magdalena Montalbán había regresado, nada ni nadie lo detendría.

Mientras tanto, en la hacienda, Magdalena entró en su antigua habitación. Todo estaba exactamente como lo había dejado: el gran dosel de la cama, el escritorio de madera de cerezo, el espejo ovalado donde tantas veces se había mirado con tristeza.

Se acercó a la ventana y observó los olivares que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El viento movía suavemente las hojas plateadas. Por un segundo, le pareció ver una figura a lo lejos sobre un caballo. Parpadeó y la figura desapareció.

—Solo es mi imaginación —se dijo en voz baja.

Pero en el fondo de su alma, algo le susurraba que no lo era.

Se quitó los guantes lentamente, dedo por dedo, y los dejó sobre el tocador. Su mirada cayó sobre el joyero de su madre. Lo abrió con cuidado y sacó un pequeño relicario de oro. Dentro había un mechón de cabello oscuro y un pequeño papel amarillento con una sola frase escrita:

“Volveré por ti.”

Magdalena cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo el pasado la envolvía como una marea imparable.

Rafael de la Torre había vuelto.

Y esta vez, ella no sabía si tendría la fuerza para resistirlo.

Magdalena cerró el relicario con un chasquido seco y lo guardó en el fondo del joyero, como si escondiera un pecado. Se sentó frente al tocador y se miró en el espejo. La mujer que le devolvió la mirada ya no era la joven asustada de dieciséis años. Ahora había fuerza en sus ojos, pero también un cansancio profundo que ningún maquillaje podía ocultar.

Dos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos.

—Adelante.

Anselmo entró con una bandeja de plata que contenía una copa de vino tinto y una carta sellada.

—Señora, esto llegó para usted hace unos días. El mensajero insistió en que solo usted debía abrirla.

Magdalena frunció el ceño. Tomó la carta y reconoció inmediatamente el sello: era de la notaría de su padre. Rompió el lacre con cuidado y comenzó a leer.

A medida que avanzaba en la lectura, su expresión fue cambiando. Cuando terminó, dejó la carta sobre el tocador con manos temblorosas.

—¿Todo bien, señora? —preguntó Anselmo con preocupación.

—Tráeme otro vino —ordenó ella—. Uno más fuerte.

Cuando el mayordomo salió, Magdalena se levantó y caminó hasta la ventana. La carta no dejaba lugar a dudas. Su padre, incluso desde la tumba, había jugado su última carta.

En el documento se nombraba a un administrador vitalicio para la hacienda mientras ella permaneciera viuda. Un nombre que nunca pensó volver a leer:

Rafael de la Torre.

Magdalena soltó una risa amarga que sonó más como un sollozo. Su padre siempre la había controlado, incluso muerto seguía haciéndolo. Había atado su destino al único hombre que podía destruirla por completo.

Se llevó la mano al cuello, recordando aquella noche en el invernadero, nueve años atrás. Las manos de Rafael sujetándola contra la pared de cristal, sus labios devorándola con desesperación, sus palabras susurradas entre besos: “Eres mía, Magdalena. Aunque tenga que esperar toda la vida, volveré por ti”.

Y ahora volvía. No como un amante, sino como su administrador legal. Con poder sobre sus tierras… y sobre ella.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Terminó la copa de vino de un solo trago y se preparó para bajar a cenar. Se miró una última vez en el espejo, ajustó su peinado y endureció la expresión. No podía permitirse mostrar debilidad. No esta noche. No cuando sabía que él podía aparecer en cualquier momento.

Bajó al comedor principal con la cabeza en alto. La larga mesa estaba preparada solo para ella, como había pedido. Apenas se había sentado cuando escuchó pasos firmes acercándose por el pasillo.

La puerta del comedor se abrió.

Y allí estaba él.

Rafael de la Torre entró sin pedir permiso, como si la casa le perteneciera. Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y su presencia llenó la habitación por completo. Sus ojos oscuros se clavaron en ella con una intensidad que le robó el aliento.

—Buenas noches, Doña Magdalena —dijo con voz grave y profunda, cargada de burla y algo mucho más peligroso—. Veo que has recibido la noticia.

Magdalena apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Señor de la Torre —respondió con fría cortesía—, no recuerdo haberlo invitado a cenar.

Rafael sonrió de medio lado mientras se acercaba a la mesa.

—Tu padre sí lo hizo. Y según el testamento, tengo derecho a estar aquí tanto como tú.

Se sentó sin pedir permiso justo frente a ella. El aire entre ambos se volvió espeso, cargado de recuerdos y palabras no dichas.

Magdalena lo miró fijamente, intentando controlar el temblor de su cuerpo.

—¿Qué quieres, Rafael?

Él se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y venganza.

—Todo lo que me quitaron hace nueve años —respondió en voz baja, casi un susurro—. Incluyéndote a ti.

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