Cuando finalmente recibí los papeles de divorcio, sentí una inmediata sensación de alivio. Sin darle mayor importancia a la expresión de Mateo, salí feliz del registro civil, pero cuando estaba por llegar a la puerta, él me sujetó con fuerza.
Al voltear a verlo, noté su rostro pálido, con los ojos enrojecidos, mirándome de manera suplicante:
—Elena, dame otra oportunidad por favor... Te prometo que puedo hacerlo bien, confía en mí.
Me liberé de su agarre y lo miré con un aire victorioso:
—Señor