Me agarró de la mana de mi camisa con furia. —¿Qué clase de actitud es ésta? ¡Soy el padre del niño! ¡Tu esposo! ¿Acaso no merezco saber los resultados de los análisis de mi hijo? —Intenté liberar mi mano de su agarre, pero Mateo me sujetaba con tanta fuerza que terminé dándole una cachetada.
—¡Mateo! ¡Ni siquiera mereces llamarte padre! —Aparentemente enfurecido por mis palabras, me apretó con más fuerza mientras me respondía lleno de ira:
—¡Claro que lo merezco! Escúchame muy bien, Elena, aun