Paolo y Teresa, omegas de la manada de Joseph, estaban sentados en sillas duras, sus manos entrelazadas con fuerza, como si temieran que el suelo se abriera bajo ellos. Frente a ellos, el Alfa Joseph, con su rostro curtido y ojos que no parpadeaban, y el Alfa Thorne, cuya presencia llenaba la sala como una tormenta a punto de estallar. El aire estaba cargado de tensión, y el silencio era un peso que aplastaba. Paolo tragó saliva, sus dedos temblando contra los de Teresa, mientras ella mantenía